Filosofía

Los fundamentos de la racionalidad humana en el contexto del pensamiento clásico griego

Filosofía presocrática

La Filosofía, cuyo nacimiento describimos y tratamos de comprender en el bloque anterior, fue una nueva forma de ver el mundo que se esparció rápidamente por las islas del mar Egeo, llegó hasta el sur de la península itálica, y finalmente alcanzó la ciudad que aun hoy es considerada como su patria definitiva: Atenas.

Pero es necesario ir por partes. La Filosofía griega antigua es el primer gran episodio de la historia de la Filosofía occidental. En opinión de muchos, el más significativo de todos. Y es que en él se dio una cantidad impresionante de ideas, muchas de ellas tan potentes que aun hoy, dos mil quinientos años después, seguimos estudiándolas en libros como este. Al revisar el pensamiento producido por los griegos entre los siglos VI y IV antes de nuestra era (a.C.), se puede tener la sensación de que las personas más inteligentes de la historia de alguna manera se pusieron de acuerdo para vivir al mismo tiempo, en lugares no muy alejados uno del otro.

Claro que, como también vimos, el surgimiento del pensamiento filosófico no fue un milagro: recibió sus esquemas mentales básicos del pensamiento mítico, específicamente, la noción de causalidad. Sólo que, según lo que estudiamos, dejó de conformarse con atribuir a la acción de los dioses las causas de los fenómenos de la naturaleza, y se exigió encontrarla en otros hechos naturales. Y si gozó de un impulso inicial suficientemente fuerte para iniciar su novedoso camino, fue gracias al intenso intercambio cultural y comercial que las ciudades-Estado costeras en que nació sostenían con regiones como Egipto y Persia.

Y nunca estará de más insistir en la importancia que tuvo para el desarrollo de la Filosofía el nacimiento de la democracia griega. Ambas invenciones se nutrieron y reforzaron mutuamente; siguen haciéndolo dos milenios y medio después.

Ahora, por supuesto, nada de esto debe impedirnos reconocer el mérito personal de hombres como Tales de Mileto, Parménides, Demócrito, Sócrates, Platón o Aris- tóteles.

La Filosofía griega es tan rica, abarca tantos pensadores y teorías, que se acos- tumbra dividirla en etapas para estudiarla. La primera, en la que unos cuantos indi- viduos comenzaron a pensar el mundo de manera diferente, es llamada la era de los filósofos presocráticos. Es decir, es la era de los filósofos anteriores a Sócrates, a quien estudiaremos después. Quizás estemos pensando que algo muy importante debió haber hecho Sócrates para que se considere que en Filosofía hay un antes y un después de él, y no estaremos equivocados. Ya estudiaremos a Sócrates en su momento, unas páginas más adelante, y veremos en qué se basan su reputación e influencia. Ahora, es momento de conocer a los primeros filósofos griegos, los pri- meros presocráticos: los filósofos milesios. (Milesio es el gentilicio correspondiente a la ciudad de Mileto).

Tales de Mileto y los primeros filósofos

Tales de Mileto es considerado el primer filósofo que existió. Nació aproximadamente en 640 a.C. y falleció en 545 a.C. Decir que él fue el primer filósofo significa que fue el primer ser humano que buscó la explicación de las cosas de la naturaleza en otras cosas de la naturaleza, en lugar de buscarla en la acción de los dioses y espíritus. Ya hemos descrito este cambio de mentalidad con cierto detalle en el bloque I.

Según lo que sabemos, Tales se interesaba por la Astronomía y las Matemáticas. También por el comercio, la política y la navegación. La ciudad de Mileto era un importantísimo puerto comercial, que recibía sin cesar barcos procedentes de Egipto, Persia, Palestina, y también de otras ciudades griegas.

Se dice que Tales sorprendió a sus conciudadanos al predecir con precisión un eclipse (aunque hay historiadores de la Filosofía que han puesto en duda que esto haya ocurrido).

¿Alguna vez has visto un eclipse? Probablemente sí. Quizás hasta te hayas reunido con tu familia, amigos o compañeros de la escuela y maestros para presenciar uno. En nuestra actualidad, cuando va a haber un eclipse, los astrofísicos nos avisan de él a través de los medios de comunicación, con días de anticipación, por si queremos verlo.

Ahora, imaginemos el asombro, en aquellos tiempos, en que por supuesto no existían telescopios ni computadoras, de los habitantes de Mileto al comprobar que el sol se ocultaba tras la luna el día y a la hora precisa en que Tales se los había dicho. Y no es que para los antiguos griegos los eclipses de sol no fueran interesantes, algo que pasara sin llamar la atención. Por el contrario, entre los griegos los eclipses producían pánico. Eran considerados como un signo de la ira de los dioses. Vayamos aun más lejos, e imaginemos lo que esos fenómenos podían significar para los aztecas, quienes pensaban que el sol era el dios más importante, del que dependía toda la vida sobre el planeta.

Pero en el caso del eclipse previsto por Tales, lo que más debió haber sorprendido a los demás habitantes de Mileto fue que éste no pretendió haber logrado su predicción más que a partir de la observación sistemática del cielo, y del esfuerzo por entender las regularidades que rigen el movimiento de los astros. Es decir, sin recurrir más que a su capacidad para observar y pensar. Lo que se conocía hasta entonces era sólo la adivinación, es decir la supuesta capacidad para conocer lo que los dioses pensaban hacer que ocurriera en un futuro. El cambio de perspectiva fue revolucionario.

Quizás lo que más se recuerda de la obra intelectual de Tales fue su búsqueda del principio de todas las cosas. Es decir, Tales se preguntó si había alguna clase de material del que estuvieran hechas todas las cosas. Ese material, además, también tendría que servir para animar las cosas (es decir, para darles vida), para hacerlas moverse. Los griegos lo llamaron arché, o principio.

Tales pensó que ese material, ese principio, era el agua. Los historiadores de la Filosofía aun debaten qué quiso exactamente decir con eso. Por supuesto, esa respuesta nos parece hoy insatisfactoria. Pero pongámonos en el lugar de Tales. Cuando él vivió, aun faltaban más de 2,000 años para que existiera la Química más o menos como la conocemos hoy. No era posible imaginar que, a su vez, el agua está hecha con sustancias aun más simples: los elementos hidrógeno y oxígeno. A Tales le pareció una buena solución, porque como buen observador que era se dio cuenta de que el agua era indispensable para la vida. Adicionalmente, como estudioso del paisaje, se dio cuenta de que en algunos puertos, con el paso del tiempo se formaban nuevos espacios de tierra firme en la costa, de modo que el mar quedaba cada vez más tiempo. Así que debió pensar que bajo ciertas circunstancias el agua se convertía en tierra – y aun en piedra. Aunque, insistamos, no conocemos los detalles de su teoría. Por supuesto, hoy sabemos que eso ocurre debido a dos fenómenos conocidos como erosión y sedimentación.

Pero cabe hacer aquí la misma consideración que hicimos con respecto a la Química: en esos tiempos no existía aun nada parecido a la moderna Geología. (Por cierto: el sitio donde actualmente se encuentran las ruinas de lo que alguna vez fue la ciudad de Mileto, está aproximadamente a 17 kilómetros de la costa. Todo ese terreno se ha sedimentado ahí, durante dos mil quinientos años; no existía en tiempos de Tales).

Pero más que la respuesta, lo que debemos apreciar fue la pregunta de Tales, que inauguró una nueva forma de ver el mundo. Antes de él, nadie se había preguntado si las cosas tienen algo en común; si debajo de las apariencias hay una realidad común a todo lo que existe. Esto es, como ya decíamos, una verdadera revolución del pensamiento.

Esa pregunta de Tales fue heredada por otros filósofos. Así, se empezó a conformar la Filosofía como oficio y disciplina. Hay que mencionar en primer lugar a otros dos filósofos de Mileto: Anaxímenes (588-524 a.C.) y Anaximandro (610-547 a.C.). El primero propuso que el principio de todas las cosas no era el agua, sino el aire. Anaximandro, en cambio, imaginó que existía una sustancia distinta a todas las conocidas, pero de la que todas, sin embargo, provenían. La llamó apeirón.

Fijémonos en que aunque dieron respuestas distintas, estos primeros filósofos trataron de responder a la misma pregunta de Tales. Él es el fundador de una nueva manera de pensar. Un poco más adelante, otro filósofo, Empédocles (483-430 a.C.), que no vivió en Mileto, sino en otra ciudad, Agrigento, se opuso a Tales, Anaxímenes y Anaximandro, y propuso que no hay un material único del que todo esté hecho, sino cuatro: agua, fuego, aire y tierra. Pero al continuar con la búsqueda de los principios de la realidad, a fin de cuentas sólo avanzó un poco más en el camino abierto por los filósofos milesios.

Parménides y el problema del cambio

Hubo, sin embargo, filósofos que se apartaron del camino abierto por Tales y los pensadores pioneros de Mileto, y dieron un rostro distinto a la Filosofía. Quizás el más notable de la que podemos considerar como la segunda generación de filósofos presocráticos sea Parménides, de quien sólo sabemos que nació en Elea, una ciudad ubicada en el sur de la península itálica, aproximadamente en el año
540 a.C.

Parménides fue un pensador que cambió el rumbo de la Filosofía: los pensadores posteriores a él dedicaron sus esfuerzos a encontrar soluciones para problemas algo distintos a los que fueron importantes para los filósofos de Mileto.
Parménides partió de dos proposiciones aparentemente muy sencillas (¿recuerdas las proposiciones? Las estudiamos en el bloque I. También es importante que tengamos presente lo que dijimos en su momento sobre el Ser, cuando hablamos de la Metafísica, ¿recuerdas?):

  1. El Ser es.
  2. El No Ser, o la Nada, no es.

Estos dos enunciados parecen ser los más obvios y fáciles de entender que se hayan escrito. Sin embargo, Parménides se esforzó arduamente por comprenderlos en profundidad, los tomó verdaderamente en serio, y dedujo de ellos algunas conclusiones asombrosas.

En primer lugar, si el ser es y la nada no es, entonces eso significa que el ser ha existido por siempre, es eterno. Porque de lo contrario, habría que suponer que el ser surgió de la nada en algún momento, lo cual es absurdo, porque la nada no puede ser nada; y por supuesto, no puede ser el origen del ser. (Parece trabalenguas, ¿verdad?)

Pero la conclusión de Parménides que sorprendió, inquietó, obsesionó y hasta podemos decir que molestó a los filósofos posteriores a él, fue la siguiente: si el ser es, y la nada no es, entonces el cambio es imposible. Porque, explicaba Parménides, el cambio implicaría que algo que fuera, dejara de ser, y algo que no era, llegara a ser. Pero si ya dijimos que el ser es, y por lo tanto, no puede dejar de ser, entonces eso, el cambio, es absurdo, imposible. De igual modo, si nos tomamos en serio que la nada no es, tampoco sería posible que algo que no es, súbitamente adquiriera, por decirlo así, el ser. En conclusión: el cambio es imposible.

Claro, al leer esto, nos urge responder más o menos así: “¡Pero si todo lo que vemos, escuchamos, percibimos, cambia!” Todo cambia, nada permanece igual a sí mismo por mucho tiempo. De la semilla surge la planta, de sus ramas la flor. Los cachorros se convierten en perros, los becerros en toros o vacas. Nosotros mismos cambiamos sin cesar, y terminaremos por pasar del ser al no ser.

Seguramente, la gente de Grecia que escuchó o leyó las ideas de Parménides hace más de 2,000 años, le respondió con observaciones parecidas. Pero Parménides se limitó a escucharlos y a replicar: pues sí, pero lo que ocurre es que nuestros sentidos nos engañan. No son ellos las herramientas que nos permitirán conocer la verdad: es nuestra razón, nuestra aptitud para pensar.

Por supuesto, nosotros no tenemos que pensar como Parménides. Pero fue muy importante en la historia de la Filosofía griega. A muchos de los filósofos que lo escucharon, sus conclusiones les parecieron absurdas, disparatadas; sin embargo, se daban cuenta de que no era tan fácil mostrar en qué se equivocaba, pues su razonamiento era riguroso, impecable. Lo que debemos notar es que, sin hacer uso más que de su capacidad para pensar, Parménides concluyó que alguien mentía: o los sentidos (vista, oído, olfato, tacto, gusto), o la razón. Parménides tomó el partido de la razón contra los sentidos. De hecho, esa predilección se refleja en la tercera y última proposición de su teoría: el ser es pensamiento. Muchos años después, en los siglos XVI y XVII de nuestra era, ese conflicto entre la razón y los sentidos volverá a oponer a los filósofos. Será la batalla intelectual entre racionalistas y empiristas. Ya los veremos en su momento, por ahora, lo importante es que advirtamos cuándo surgió uno de los problemas más importantes y persistentes de la historia de la Filosofía.

Heráclito y Demócrito

Las ideas de Parménides enfrentaron a los filósofos con un problema. Porque si de acuerdo con su teoría los sentidos nos engañan, y nada de lo que percibimos a través de ellos es, ¿entonces cómo debemos considerar todo lo que existe a nuestro alrededor?

¿No podemos conocer ni decir nada sobre ello?

Una de las tradiciones más arraigadas entre los historiadores de la Filosofía es considerar a Heráclito (nacido en la ciudad de Éfeso, aproximadamente en el año 504 a.C.) como el rival intelectual de Parménides. Y es que, en efecto, mientras que Parménides decía: “Nada de lo que es puede cambiar”, Heráclito se hizo famoso por decir “todo, absolutamente todo, cambia”. De él es también la célebre observación de que, estrictamente hablando, nadie puede bañarse en el mismo río dos veces, porque en cada baño, tanto uno mismo como el río ya son distintos a lo que eran cuando tuvo lugar el baño anterior…

Pero en realidad, una lectura atenta de lo poco, muy poco, que se conserva de lo que Heráclito escribió revela que su postura no estaba tan alejada de la de Parménides. Porque para él, en efecto, todo lo que percibimos por los sentidos cambia, pero nada de todo eso es la verdadera naturaleza. Recordemos que el gran descubrimiento de los primeros filósofos fue precisamente la idea de naturaleza: una realidad que abarca todo lo que existe, y fuera de la cual no hay nada.

Ahora, según Heráclito ninguna de las cosas particulares que podemos percibir, esta pared, este libro, esta silla, esta nube, este árbol, nos revelan lo que es la naturaleza, esa realidad primordial, que en su pensamiento corresponde a ese ser inmóvil e inalterable, incapaz de cambiar, propuesto por Parménides. De hecho, la otra frase por la que Heráclito es famoso, algo más poética, es: a la naturaleza le gusta esconderse, ocultarse tras un velo. Y de manera similar a Parménides, nos dice que sólo podremos “develar” la naturaleza, es decir, quitarle el velo con el que se cubre, y descubrir su verdad, utilizando nuestra razón. Quizás a nosotros nos parezca algo extraña esta idea de que la verdad profunda de las cosas de la naturaleza sea una especie de “misterio” que debemos resolver. Si se le toma textualmente, la idea tiene una clara afinidad con las ideas y las prácticas asociadas a algunos de los primeros procedimientos por los que el ser humano ha tratado de averiguar la verdad profunda de las cosas, como la adivinación, que gozaban aun de una gran vigencia en los tiempos de Heráclito y Parménides.

Pero si ampliamos nuestra perspectiva, veremos que en realidad esta idea está íntimamente relacionada con la noción fundamental desde la que se construirá aproximadamente dos mil años después el método científico. Podemos verlo con toda claridad en las ideas básicas de, nada más ni nada menos, Galileo Galilei (1564-1642), considerado por muchos como el padre de la ciencia moderna.

Además de lograr descubrimientos decisivos en Física y Astronomía, Galileo reflexionó intensamente sobre el método que le estaba permitiendo a él y a otros científicos pioneros del Renacimiento revelar los secretos del Universo. Podemos afirmar que en cierto modo Galileo comparte la visión de Heráclito, según la cual los secretos de la naturaleza están ocultos, y es necesario revelarlos a través de la razón, pero agrega algo: que si queremos conocer esos secretos la única vía segura y factible es la de los números, la de las Matemáticas. “El libro de la naturaleza está escrito en el lenguaje de las Matemáticas”, escribió Galileo en su libro El ensayador, publicado en 1623. Así, podemos apreciar que aquellas ideas de Heráclito, en apariencia tan misteriosa y alejada de la experiencia, en realidad presagiaron las bases conceptuales gracias a las cuales fue posible el desarrollo de la ciencia moderna.

Otro filósofo que tuvo una idea sorprendente, que se adelantó en más de dos mil años a la ciencia moderna, fue Demócrito (nacido aproximadamente en 460 a.C.) No se sabe con precisión dónde nació; algunos dicen que en la ciudad griega de Abdera, mientras que otros le dan a Mileto por patria. Pero sin duda, su horizonte cultural fue la Filosofía presocrática; la etapa definida por las ideas de Parménides, más específicamente. Porque Demócrito aplicó todo su talento a la búsqueda de una solución al problema del cambio, planteado por Parménides. Y esta búsqueda lo orilló a concebir una idea que mucho tiempo después revolucionaría la ciencia y la tecnología de manera contundente e irreversible: el átomo.

En efecto, suponer un mundo en el que todo lo que podemos percibir con los sentidos está formado por átomos es una solución ingeniosa al problema del cambio. Porque entonces se puede afirmar que hay algo en el mundo que nunca cambia, es decir, los átomos, y otra cosa que cambia constantemente, la forma en que esos átomos se combinan. En lengua griega la palabra “átomo” significa algo así como “indivisible”. Es decir, el átomo fue pensado por Demócrito como la unidad mínima de realidad, que al agruparse con otros átomos “compone” o constituye todo lo que hay a nuestro alrededor: ese árbol, esta silla, el techo, un caballo, etcétera. Estas formas eventualmente se ven deshechas, se fusionan entre sí, o se transforman en otras.

Pero, y en esto consistió el atractivo que tuvo la idea, los átomos que integran cualquier ser particular (una planta, un libro, etcétera) son los mismos que los que integraban los objetos que los precedieron. Así, según la visión de Demócrito, los átomos que componen el cuerpo de una persona son los mismos que los que constituían los alimentos que consumió, por ejemplo. Otra característica del átomo según Demócrito, es su carácter microscópico, invisible para el ojo humano. Hoy, nuestros modernos y sofisitcados instrumentos de medición y observación nos permiten acercarnos a realidades increíblemente pequeñas, y confirmar que en lo fundamental las ideas de Demócrito son correctas. Pero eso sólo debe atizar nuestro asombro ante su ingenio e imaginación, pues carecía de cualquier pista, de cualquier atisbo de esa realidad fundamental.

Porque, en otras palabras, Demócrito supo que existían átomos sin haber visto nunca uno. Y claro, de paso ofreció una respuesta coherente al problema del movimiento planteado por Parménides, pues de acuerdo con su teoría, había en efecto un nivel del ser que no cambiaba nunca: el de los átomos, y otro que no dejaba de cambiar, las formas en que los átomos se combinaban. Otra idea inventada por Demócrito fue la de espacio. Una idea muy importante, porque el espacio fue introducido a modo de una especie de categoría intermedia, distinta a la nada, pero que permitía el flujo, el tránsito de los átomos, el verdadero ser, de una forma a otra.

La Física moderna construyó a partir de esta idea de espacio su noción de distancia, que, como hemos estudiado en la clase de Física, es una de las variables más utilizadas en las fórmulas de la mecánica (notablemente, está inserta en la fórmula de una de las variables más importantes: la de la velocidad [v=d/t]).

La Física moderna también ha validado otra de las ideas implícitas en el atomismo de Demócrito, expresada en la ley de la conservación de la materia, que afirma que la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Por cierto, Demócrito es considerado también como el primer materialista, porque según él no hay en el mundo más que materia. Consideraba que hasta las ideas y las almas estaban hechas de materia, con átomos muy pequeños, quizás transparentes. Para que nos vayamos familiarizando con el lenguaje de la Filosofía, materialismo es el nombre que corresponde a toda teoría que afirma que lo único que existe en el Universo es materia, mientras que idealismo, es la postura que sostiene que todo lo que hay son ideas.

Así, los historiadores de las ideas se han sorprendido por siglos de la capacidad de Demócrito. Claro, hoy, después de dos mil quinientos años, durante los que se han refinado las teorías, los instrumentos de observación y los métodos de la Física, sabemos que los átomos pueden ser de muchos tipos (de 103, para ser precisos, según la tabla periódica de los elementos que estudiamos en la clase de Química), y que hay partículas subatómicas, es decir, más pequeñas que el átomo (neutrones, electrones y protones). También, la Termodinámica, al descubrir la entropía, y la Física nuclear, al concebir y hacer posibles los impresionantes (aunque también algo inquietantes) fenómenos de la fusión y fisión nucleares, han puesto hasta cierto punto en entredicho el principio de conservación de la materia. Pero estos hechos no demeritan en nada el ejemplo de rigor lógico y audacia imaginativa de Demócrito.

Los sofistas y Protágoras

Hacia el siglo IV a.C., el interés de los filósofos se va desplazando gradualmente, del ser al hombre. De concentrar los esfuerzos en saber qué son las cosas, poco a poco van interesándose más y más no sólo en lo que el hombre es, sino también en lo que puede y debe ser.

El desarrollo de la democracia es en parte responsable de este reajuste de las prioridades de la inteligencia. Porque en las ciudades que decidieron regirse por un gobierno democrático se concibió un nuevo ideal de hombre: el del ciudadano. Antes de la democracia, los griegos vivían bajo el dominio de monarcas y cabecillas, a los que además les correspondían importantes funciones y privilegios de orden religioso. Además, según las ideas más comunes de la época, esos gobernantes pertenecían a una especie de casta, a una categoría de hombres superiores, y por lo tanto, era natural y justo que gobernaran y dominaran a los hombres “normales”. Como podemos imaginarnos, con la democracia todo esto cambió de manera drástica. Porque la democracia parte de la constatación de la igualdad fundamental de los seres humanos, y aun cuando puede aceptar y hasta promover ciertas desigualdades y jerarquías, no acepta otro criterio para asignar las posiciones que el mérito intelectual y ético. Es decir, en la democracia se admite que unos hombres puedan mandar a otros, pero sólo a condición de que los que manden sean los más sabios, y los que han demostrado consistentemente una preocupación por el bien común.

En el mundo de los reyes y los cabecillas, el mundo anterior a la democracia y la Filosofía, se pensaba que la excelencia humana estaba reservada a una pequeña casta, que además también gozaba exclusivamente de la riqueza y el poder. Los griegos tenían una palabra para esa excelencia: areté. Esta areté se manifestaba como salud, fortaleza y belleza del cuerpo, y también como justicia y valentía del alma, y agudeza de la mente. Se tenía por cierto que la areté sólo podía ser hereda- da: quien la poseía la había recibido necesariamente de sus padres.

La democracia siguió creyendo en la areté, pero cambió las cosas para siempre al afirmar que podía ser alcanzada por cualquiera, sin importar a qué clase social se perteneciera. Además, los primeros demócratas sostuvieron que existía un camino para alcanzar la areté, abierto a todos los que quisieran recorrerlo: la educación, a la que llamaron paideia. Ya hemos insistido en que la Filosofía y la democracia nacieron juntas. Pues bien, lo que ahora debemos agregar es que esas dos revoluciones vinieron, y no por casualidad, acompañadas de otra: la educación. Filosofía, democracia y educación, ese es precisamente el legado de los griegos.

Y naturalmente, una vez que la educación apareció como idea y como proyecto, aparecieron los primeros educadores, los primeros maestros. Eso fueron precisamente los sofistas. La palabra “sofista” se forma a partir del sustantivo griego “sophía”, que significa sabiduría. El sofista es el que posee sophía, es decir, el sabio. Seguramente nos llama la atención que esta palabra también aparezca en el nombre de la disciplina que estamos estudiando: Filosofía. En este caso, tenemos una palabra compuesta: el vocablo sophía es precedido por la palabra, también griega, filo, que significa amor. Así, filosofía significa amor a la sabiduría; filósofo sería el amante de la sabiduría.

Los sofistas no fueron, estrictamente hablando, filósofos. No fueron considerados como tales, lo veremos un poco más adelante, por Platón ni por Aristóteles. Sin embargo, tuvieron un impacto profundo en la cultura y la Filosofía griegas, además de que concibieron y difundieron algunas ideas que terminaron por integrarse al inventario de problemas filosóficos importantes. Los sofistas eran algo así como maestros viajeros, que iban de una ciudad a otra ofreciendo sus servicios a los jóvenes. En las ciudades- Estado democráticas, la política se convirtió en un carrera abierta a todos, y para triunfar en ella (de modo parecido a lo que ocurre aun hoy, por cierto), nada era más importante que el dominio de la retórica.

La retórica es el arte de convencer a los demás. Los sofistas eran grandes maestros de retórica; hay incontables testimonios acerca del modo en que a menudo lograban entusiasmar a los auditorios a los que se dirigían, haciéndoles creer cosas de las que antes de escucharlos estaban seguros que eran incorrectas, o hasta obligándolos, sin otro recurso que sus palabras, a considerar como falsas convicciones que habían sostenido durante toda la vida. Por ello, muchos hombres con ambiciones políticas buscaron sus servicios como profesores. Por cierto, los sofistas fueron los primeros que cobraron dinero a cambio de sus servicios de enseñantes; es decir, fueron los primeros maestros profesionales de que se tenga memoria.

Quizás entre los sofistas el más importante, el mejor recordado, sea Protágoras, quien nació en Abdera, la misma ciudad de procedencia de Demócrito, aproximadamente a finales del siglo V a.C. De hecho, hay quién afirma que fue discípulo de Demócrito, aunque sus ideas no parecen muy influenciadas por las de éste.

Protágoras se hizo famoso por afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas. Sus contemporáneos vieron en esa postura una declaración, algo irresponsable, de relativismo. El relativismo es la convicción de que ni las cosas ni los valores existen de forma objetiva, es decir, independientemente del individuo que los percibe o aprecia. Por ejemplo, una persona puede afirmar que el día es caluroso, otra que es sólo tibio, otra más incluso podría decir que lo siente frío. ¿Quién tendría razón? Un relativista pensaría que cuestiones de este tipo son muy difíciles de determinar, así que quizás lo más conveniente y práctico sea concluir que cada quien tiene su verdad, y no detenerse mucho en esta clase de asuntos.

Interpretada así, la postura de Protágoras conduce a problemas algo alarmantes. Porque una cosa es que cada quien tenga derecho a decir si tiene calor o frío, pero ¿qué ocurre cuando lo que tratamos de determinar es, por ejemplo, si una teoría científica es válida, o si una sentencia judicial que puede afectar irreversiblemente la vida de una persona es justa? Evidentemente, este tipo de relativismo es incapaz de impulsar el conocimiento, pues renuncia a establecer un criterio para distinguir la verdad del error. También se rehusa a proveer principios para distinguir el bien del mal, por lo que tampoco es útil desde una perspectiva ética. Así, desde la Filosofía, este nivel de relativismo es totalmente insatisfactorio.

Pero si damos a la afirmación de Protágoras un sentido más amplio, lo que parece estarnos diciendo es algo mucho más profundo. Después de todo, lo que él dijo fue: el hombre es la medida de todas las cosas, y no: cada hombre es medida de todas las cosas. La diferencia es notable: si entendemos que quien es medida de todas las cosas es el hombre como especie, entonces se está llamando nuestra atención hacia otra cuestión: la de cómo la forma en que están dispuestos nuestros sentidos y nuestras mentes define la forma en que podemos relacionarnos con el mundo. Es decir, nuestros sentidos y nuestra mente nos abren unas posibilidades para conocer, pero también quizás nos marcan unos límites.

Por ejemplo: ¿sabríamos de la existencia de los astros si careciéramos del sentido de la vista? Las estrellas, los planetas y demás objetos celestes, están tan lejanos de nosotros que no podemos obviamente olerlos o escucharlos, mucho menos tocarlos. (¿Te imaginas cómo sería nuestra experiencia del mundo si careciéramos, como especie, de alguno de los sentidos? Por ejemplo, ¿cómo sería el mundo si no pudiéramos ver?, ¿qué no sabríamos?, ¿qué cosas hechas por el hombre no existirían? ¿O si no tuviéramos sentido del oído, y desconociéramos todo acerca de los sonidos?, ¿existiría el lenguaje, o la música?).

Con esta idea, en cierto modo Protágoras se adelantó a filósofos muy importantes de los siglos XVIII y XIX de nuestra era, como Kant, Schopenhauer y Comte, que en su momento estudiaremos. Ahora, recordemos que Protágoras era considerado como un sofista, y los sofistas, aunque eran reconocidos como maestros, también tenían fama de profesar el relativismo, que ya examinamos brevemente. Fama justificada, pues, por ejemplo, solían alardear de sus habilidades para convencer, diciendo que podían dar a una idea falsa o incierta la apariencia de una verdadera, y viceversa. Pensadores como Sócrates, y sobre todo Platón, se exasperaron ante esta actitud, que vieron como una carencia de compromiso con la verdad, y por lo tanto, indigna de los verdaderos filósofos. En buena medida, su Filosofía será una respuesta crítica a las ideas y los métodos de los sofistas.

Sócrates, Platón y Aristóteles

Sócrates

El interés por la educación que apareció en la ciudades-Estado griegas, de manera especial en Atenas, no encontró en los sofistas una respuesta realmente satisfac- toria, sino en la obra vital de Sócrates (Atenas, 469-399 a.C).

Con Sócrates ocurre algo curioso: aunque es uno de los filósofos más famosos que haya existido, nunca escribió ni una sola página. Sólo conocemos su persona, sus ideas y su forma de ser a través de lo que escribieron tres sobresalientes conciudadanos suyos: Jenofonte, un destacado militar e historiador: Aristófanes, quizás el principal dramaturgo cómico de la antigüedad, y sobre todo Platón, su discípulo, que llegaría a ser, como veremos en su momento, también uno de los filósofos más importantes de la historia.

Fue una figura que, por su forma de vivir y relacionarse con los demás, suscitó un gran entusiasmo entre muchos de quienes lo conocieron. Aunque también, por otro lado, despertó sospechas en otras tantas personas, quienes se sentían incómodas ante sus preguntas incisivas y sus ideas novedosas, y lo veían como una amenaza para el orden social. De hecho, a la edad de 70 años, Sócrates fue acusado de impiedad (es decir, de no honrar a los dioses como se debe), de promover esa im- piedad entre los jóvenes, y por lo tanto, de corromperlos. Fue juzgado, encontrado culpable, y condenado a muerte. Se le obligó a beber veneno (uno preparado con una planta llamada cicuta).

Por la serenidad con la que enfrentó las muertes, Sócrates ha sido considerado durante dos mil quinientos años como el máximo ejemplo de pensador valiente, comprometido con sus ideas hasta las últimas consecuencias. La escena de los últimos momentos de Sócrates, rodeado de sus discípulos y admiradores mortificados, disponiéndose a beber el veneno, ha sido atesorada y exaltada por artistas y escrito- res de todas las épocas.

Ahora, si bien por su forma de morir Sócrates ha ejercido una influencia imborrable en el pensamiento y la cultura occidentales, nos merecería una estimación aun mayor la forma en que vivió. Porque, como ya decíamos, Sócrates no escribió nada, y sin embargo fue quizás el más grande de los filósofos. ¿Cómo lo logró? Pues viviendo sus ideas, encarnándolas. Es un caso muy especial en la historia de la Filosofía: en él no puede separarse la obra de la vida, porque fueron una y la misma cosa.

En efecto, en Sócrates lo más importante no son las ideas, las conclusiones a las que llegó, sino el método que practicó y recomendó, así como la forma en que vivió. Sócrates nunca se presentó a sí mismo como un maestro, aunque era común encontrarlo vestido con mucha sencillez, recorriendo las calles de Atenas, caminando de modo extraño, con ayuda de un bastón, acercándose a platicar con quien pudiera y quisiera escucharlo. Afirmaba contundentemente que no tenía nada que enseñar, ningún conocimiento qué transmitir. Su actitud era muy distinta a la de los sofistas, que pretendían saber muchas cosas, ser capaces de instruir a otros y cobrar por ello.

Porque Sócrates no pensaba que la verdad, el conocimiento, fuera algo que una persona pudiera depositar, o verter, en otra. Para él, la verdad se encuentra en el fondo del alma de cada hombre, y entonces lo que hay que hacer es extraerla, sacarla a la luz. Sócrates decía, un poco en serio, un poco en broma, que él era más bien como una partera, no un maestro (por cierto, su madre era en verdad una.) De hecho, llamó a su método filosófico mayéutica, que es la misma palabra que los griegos usaban para designar el oficio de las parteras.

La mayéutica no es otra cosa que el diálogo, el cual ya revisamos con cierto detenimiento en la sección de Lógica del bloque I. Recordemos que el diálogo consiste en tomar una idea, una creencia o una hipótesis, y cuestionarla, tratando de revelar sus inconsistencias, omisiones y contradicciones. Sus defectos, en una palabra, de manera que la idea original pueda ser mejorada, y se formule una nueva versión de ella que ya no sea vulnerable a las críticas formuladas. Con la nueva idea reformada se emprende de nuevo el proceso crítico, y así sucesivamente. En cada ciclo de hipótesis → crítica → idea reformada se va avanzando en el perfeccionamiento de las ideas, en la aproximación a la verdad.

Como decíamos, a diferencia de los filósofos que lo precedieron, Sócrates no estaba muy preocupado por encontrar la verdad y enseñarla a los demás. Lo que le importaba más que nada era motivar y ayudar a las personas a descubrir la verdad por sí mismas. Hay que notar que estamos ante uno de los momentos más emocionantes de la historia del pensamiento, ante una revolución dentro de la revolución que ya de por sí fue la Filosofía griega.

Porque al concebir su misión de esta manera renovada, además de revitalizar la Filosofía, Sócrates puede ser considerado como el verdadero fundador de la educación, en su sentido más riguroso y noble.

Ciertamente, con los sofistas ya había comenzado algo parecido a la educación. Pero sólo en el sentido de una actividad que tenía como propósito primordial la transmisión de un saber (principalmente la retórica). Los jóvenes adquirían los conocimientos prácticos necesarios para ejercer un oficio observando directamente a las personas instruidas y experimentadas. En cuanto a la formación moral, la obtenían escuchando los poemas de Homero y algunos otros poetas, en los que se les daban a conocer, exaltándolos, los ejemplos de destreza, dominio de sí y amor a la patria ofrecidos por los héroes semidivinos que aparecen en ellos (Aquiles, Héctor, Ulises, entre otros).

Recordemos que para Sócrates, la misión de la Filosofía era ayudar a los hombres a descubrir la verdad por sí mismos. Con ello renovó no nada más la idea predominante de Filosofía, sino también el concepto de educación. Porque para él la finalidad de la educación (que los griegos llamaban paideia) ya no será el aprendizaje de unas técnicas manuales o de convencimiento, sino nada más y nada menos que el perfeccionamiento del hombre. En efecto, Sócrates proclama que la educación (la paideia) es el proceso, el esfuerzo, por el que el hombre puede y debe perfeccionarse a sí mismo. Y como tal, es una tarea para toda la vida.

Ahora, ese esfuerzo por perfeccionarse necesariamente requiere que se conozca la verdad; y la Filosofía, al ser la actividad por la cual la verdad puede ser descubierta, es entonces parte fundamental de toda educación. Es más, podríamos decir sin exagerar que en Sócrates Filosofía y educación son una y la misma cosa. Ambas responden a la misma consigna, misión, y mandato: “Conócete a ti mismo”. La actitud de Sócrates es también uno de los más cautivadores ejemplos de lo que llamamos hoy humanismo. Pues su punto de partida es su optimismo, su fe en el hombre, en su capacidad para descubrir la verdad y perfeccionarse de acuerdo con ella. Porque, y esta es una de las ideas más importantes de Sócrates, al hombre le basta con conocer verdaderamente el bien para actuar conforme a él. El conocimiento del bien, y la práctica del bien, son para Sócrates la misma cosa. “Nadie hace el mal a sabiendas”, es otra de sus frases más expresivas e interesantes. El mal es ignorancia.

Por supuesto, a muchos de sus contemporáneos les pareció que Sócrates se equivocaba en esto, que se dejaba llevar por su optimismo, por su fe en la humanidad. Les parecía escandalosamente claro que el mundo estaba lleno de personas que hacían cosas malas, aun sabiendo que eran malas. Incluso reconocían, al igual que quizás lo hacemos nosotros cuando nos inspeccionamos con sinceridad, que ellos mismos frecuentemente caían en la misma situación.

Sócrates les contestaba (y nos contesta a nosotros, dos mil quinientos años después…) que eso sólo significaba que alcanzar el verdadero conocimiento era algo muy difícil, que raramente se lograba. Si nuestras inteligencias en realidad entendieran lo que es el bien, y porqué practicarlo es lo que verdaderamente nos conviene, no tendríamos ningún motivo para actuar de otra manera. Si fallamos en practicar el bien, es porque en realidad aun no lo conocemos. De ahí la importancia de filosofar, de buscar la verdad, de “conocerse a sí mismo”. Otro aspecto revolucionario de la propuesta de Sócrates, que quizás a estas alturas ya hemos advertido, es que en ella la Filosofía no es una materia, una área de conocimiento y estudio, sino sobre todo, una forma de vida. Una forma de vida dedicada al conocimiento y perfeccionamiento de sí; “una vida no dedicada al autoconocimiento no merece ser vivida”, solía decir nuestro filósofo.

Así, a través de la vida filosófica, el hombre lograría descubrir la verdad y perfeccionarse. Pero no sólo eso: la Filosofía también es, según Sócrates, un proceso por el que el hombre logra la libertad interior. Los hombres, como ya comentábamos cuando estudiamos las preocupaciones fundamentales de la Ética, en el bloque I, con facilidad son presa de sus impulsos irreflexivos. Frecuentemente se abandonan a deseos impetuosos y arbitrarios, y eso en muchas ocasiones no significa otra cosa que fallar en sus responsabilidades, desatender sus verdaderos intereses, o peor aún, dañar a sus semejantes o a sí mismos. Un hombre en esta situación es para Sócrates un esclavo de sus impulsos. Ahora, la Filosofía como camino a la verdad y al autoperfeccionamiento, también ofrece al hombre también una opción para salir de ese estado de servidumbre, y alcanzar una genuina libertad interior. Este concepto de libertad es un poco distinto al que tenemos en la actualidad. Comúnmente pensamos la libertad como la ausencia de un poder externo a nosotros que nos obligue a actuar de una determinada manera. Para los griegos, libertad era más bien la capacidad de dominarse a sí mismo, de ser firme frente a los propios impulsos, para no ser avasallado, esclavizado, por ellos.

Además, Sócrates sostenía que los beneficios del proceso de autoperfeccionamiento que en realidad es la Filosofía se extienden más allá del individuo: su efecto renovador se deja sentir a la escala de la comunidad política. Sócrates y sus discípulos vivieron en una Atenas que acababa de sufrir una derrota dolorosa y casi aniquilante en la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), a manos de Esparta. Muchos pensaron que el desastre militar se había debido principalmente a la decadencia moral de los atenienses, en especial la de sus gobernantes. Debilitados por su propio egoísmo, ambición, pereza y cobardía, los atenienses habían sido incapaces de resistir al ejército de Esparta, una de las ciudades-Estado más importantes de Grecia en ese entonces, célebre por poseer el ejército más disciplinado y poderoso de la época.

Atenas estaba en ruinas, le urgía reconstruirse y reactivar su economía. Pero principalmente, requería resucitar como comunidad política. Dado que la causa primordial del desastre había sido política, los cimientos de una Atenas nueva también tendrían que ser, antes que otra cosa, políticos.

Pero para Sócrates y sus seguidores la única verdadera regeneración política sería la que pasa por la regeneración de cada ciudadano. La polis sólo sería realmente distinta y mejor si cada uno, o al menos la mayoría, de sus ciudadanos se esforzara por serlo. La comunidad política no se transformaría con mejores leyes y reglamentos: ¿de qué servirían esas leyes si los ciudadanos no son capaces de respetarlas, si aprovechan la menor distracción de la autoridad para desobedecerlas? No, las únicas leyes que realmente pueden garantizar la armonía y fortaleza de la polis, son las que cada hombre puede descubrir en el fondo de su alma, gracias a la luz de la razón, guiado por el método filosófico. Una vez entendiendo la verdad, ¿cómo podría el individuo resistirse a hacer lo mejor para la comunidad, si su vida depende de ella?

Con esto, queda claro que para Sócrates la Ética y la política están incluidas en un proyecto educativo y de autoperfeccionamiento que básicamente es el mismo. Así, el filósofo que nunca escribió nos heredó sin embargo un método para descubrir la verdad, una ruta al autoperfeccionamiento y la libertad interior, un proyecto educativo completo y una propuesta de regeneración política. Quizás nunca hemos vuelto a tener un concepto de Filosofía tan rico y completo.

Platón

Uno de los más resultados más importantes de la acción filosófica de Sócrates, y quizás el que mayor impacto tuvo en la historia del pensamiento, fue la formación intelectual de Platón (429-347 a.C.).

Platón nació y se desarrolló como filósofo en Atenas. Procedía de una familia acomodada, y parecía destinado a una importante carrera política, pero siendo muy joven conoció a Sócrates y decidió dedicar su vida a la Filosofía. Fue uno de sus discípulos más fieles y entusiastas y, por supuesto, el más talentoso. Apoyó con firmeza a Sócrates durante el juicio por impiedad que terminó costándole la vida; al parecer fue uno de los que más se esforzaron por salvar la vida del maestro. En las representaciones artísticas de la muerte de Sócrates es habitual que aparezca Platón como uno de los más apesadumbrados espectadores de la escena.

Ahora, si bien Platón prefirió dedicarse a la Filosofía y no a la política, ésta siguió siendo durante toda su vida una de sus principales preocupaciones. Una de sus obras más importantes se titula La República o de lo justo, tiene por propósito descubrir cuál es la forma de organización que más conviene a la polis, y fue considerada por su autor como la culminación de toda su obra filosófica. Además, Platón intentó en dos ocasiones llevar a la práctica sus ideas filosóficas, aunque no en Atenas, sino en otra ciudad-Estado griega llamada Siracusa, y no de manera directa, sino tratando de influir como consejero de los gobernantes.

Con Platón la Filosofía alcanza un rigor intelectual sin precedentes. Platón escribió una extensa obra, que por su gran calidad artística pertenece no sólo a la historia de la Filosofía, sino también a la de la literatura. Aunque hubo otros filósofos anteriores a él que escribieron con profusión, las obras de Platón son las más antiguas que se conservaron casi íntegras.

Las obras de Platón están escritas como diálogos, de manera que al leerlas podemos atestiguar cómo las ideas que se discuten en ellos se van formando y perfeccionando conforme son criticadas y reformuladas. Nos permiten observar el funcionamiento del diálogo como método para llegar al conocimiento; es como tener la oportunidad de visitar la fábrica de las ideas y ver cómo funciona “desde dentro”. El hecho de que Platón haya elegido este modo de presentar sus ideas ha sido interpretado de distintas maneras por los historiadores de la Filosofía (por cierto, Platón es quizás junto con Aristóteles y Kant, uno de los pensadores más estudiados de todos los tiempos); uno de los posibles significados de esta decisión es que para él era realmente importantes mostrar cómo se puede llegar a la verdad, y no sólo presentar los resultados de sus esfuerzos intelectuales.

También, por supuesto, al escribir de ese modo sus obras, Platón rinde un profundo homenaje a Sócrates, su maestro, de quien sin duda procede ese interés en mostrar el diálogo como camino a la verdad.

Además, los diálogos platónicos, sobre todo los primeros, le sirven al autor para establecer con claridad qué diferencia hay entre sus principios, preocupaciones y conclusiones y las de filósofos anteriores, y, sobre todo, las de los sofistas. Porque, al igual que Sócrates, Platón veía con recelo a los sofistas: las ideas y actitudes de éstos, sobre todo su pretensión de poder hacer parecer verdadera una opinión falsa, y falsa una verdadera, le incomodaban, y hasta cierto punto, irritaban. Pues en el fondo los sofistas insinuaban, según Platón, que en realidad no existía una verdad, sino tantas como personas había, y el que consideráramos algo como verdadero o falso dependía nada más de qué tan convincentemente nos fuera presentado. Por cierto, aprovechemos para señalar que el relativismo, que ya definimos hace unas pocas páginas cuando pre- sentamos a los sofistas, es en nuestros días, por motivos que veremos en su momento, una postura que ha vuelto a gozar de cierto crédito.

A Platón se le atribuyen 27 diálogos; entre los principales, mencionemos Laques, o del valor, Protágoras o de los sofistas, Hipias mayor o de lo bello, El banquete o del amor y La República o de lo justo, que ya mencionamos.

En casi todos estos diálogos, el punto de partida es una idea sostenida con convicción, y hasta con cierta jactancia, por uno de los personajes. A continuación, aparece el per- sonaje de Sócrates, quien empieza a cuestionar la idea, hasta mostrar su falsedad y conducir a su interlocutor, que al inicio del diálogo afirmaba estar totalmente convencido de la verdad de su posición, a dudar de su idea inicial. Por lo general, al final de la dis- cusión, van apareciendo otras ideas que parecen más acertadas. Los diálogos mues- tran que gracias a la crítica de las ideas se puede llegar a otras ideas más exactas, a otras definiciones más precisas y sólidas de las cosas que se quiere conocer: la virtud, el amor, lo justo, etcétera. Es una especie de combate entre ideas, en el que al final la idea más fuerte, la mejor fundamentada, resulta “victoriosa”.

Y la idea más fuerte es en Platón la idea verdadera, la que está en el fondo del alma del hombre esperando a ser descubierta. Recordemos que para Sócrates el método dialéctico permite al hombre alcanzar la verdad, la idea verdadera, que se encuentra en el fondo de su alma, esperando. Platón no sólo respetó fielmente esta idea de su maestro, sino que la llevó hasta sus últimas consecuencias: si el hombre puede encontrar en su interior las ideas verdaderas es porque éstas existen ahí, por sí mismas, independientemente de que sean conocidas o no. Del mismo modo que podemos considerar que, por ejemplo, el oro existe en las en fondo de la tierra, con independencia de que se hayan construido túneles que conduzcan a él y permitan sacarlo a la superficie.

En efecto, el gran descubrimiento, la gran propuesta de Platón es la existencia de un mundo de las ideas, que existe por sí mismo, separado del mundo sensible (es decir, el mundo que podemos ver, escuchar, tocar, oler y saborear). Y como te imaginarás, para Platón, este mundo de las ideas, al estar separado del mundo de las cosas que podemos percibir con los sentidos, sólo puede ser conocido mediante la razón. Ahora, ¿cómo es que este mundo de las ideas está en el fondo, en el interior del alma de cada hombre? Para Platón sólo puede haber una respuesta: esas ideas han estado siempre ahí, pero el hombre las olvida en el momento en que nace. Por eso dirá que conocer una idea verdadera, en realidad es recordarla. Esta concepción del conocimiento se llama, en griego, anamnesis.

¿Y que implica decir que el hombre conoce las ideas verdadera antes de nacer, y las olvida en el momento que llega a este mundo? Pues eso significa nada más ni nada menos que su alma es inmortal. En efecto, el alma del hombre, al ser inmaterial, pertenece al mundo de las ideas, y como éstas, es eterna. Para Platón las ideas no cambian, permanecen idénticas, no las afecta el paso del tiempo: 2 + 2 = 4: esto es verdad hoy, como lo fue hace dos mil años, como lo fue antes de la aparición del hombre en la tierra, como lo seguirá siendo siempre. Nunca habrá un momento en que dos más dos den un resultado diferente de cuatro. Por cierto, no hemos tomado este ejemplo por casualidad: Platón sostenía que las Matemáticas nos ofrecían los modelos más claros de ideas verdaderas y eternas. Por eso las Matemáticas eran la primera materia que tenían que estudiar quienes querían entrar a su escuela (la famosa Academia de Platón) y convertirse en sus alumnos. A Platón le hubiera causado desconcierto nuestros convencionalismos académicos (¡doxa!), según los cuales la reflexión filosófica tiene poco o nada que ver con las Matemáticas.

Ahora, debemos preguntarnos, ¿qué relación existe entre el mundo de las ideas y el mundo de los sentidos, según Platón?

En el mundo de los sentidos están las cosas que percibimos todos los días, cosas que surgen, duran un tiempo y desaparecen. En cambio, como ya dijimos, las ideas son eternas, y sólo pueden ser conocidas por la razón, no por los sentidos. Literalmente, las ideas no son de este mundo, tienen uno propio, diría un platónico. E iría más allá: al ser lo permanente, lo que perdura en el tiempo, las ideas son el verdadero ser de las cosas, su realidad fundamental, que está más allá de las apariencias, a salvo del efecto desintegrador del tiempo y la imperfección del mundo sensible.

Esto significa que sólo podemos entender las cosas que percibimos con los sentidos en la medida que conocemos su idea: así, si vemos un animal de cuatro patas con determinadas características y entendemos que se trata de un caballo, eso ocurre debido a que nuestra alma, nuestra inteligencia, conoce la idea de “caballeidad”, por llamarla de alguna manera. De hecho, para Platón, las cosas del mundo de las apariencias podían servir al alma para “recordar” las ideas que había olvidado en el momento de nacer.

Hay que notar que en la visión de Platón de los dos mundos sigue estando presente de alguna manera la postura de Parménides, que ya estudiamos. Para Parménides el ser no podía cambiar, por ello, lo que cambiaba no podía ser el verdadero ser. El gran problema de esta postura, recordemos, era que nos dejaba sin saber qué pensar de todo el mundo que percibimos con los sentidos.

Como podemos ver, la teoría de los dos mundos de Platón es una respuesta a este problema, porque reconoce, y al hacerlo sigue a Parménides, la existencia de un mundo distinto del sensible, más auténtico y real porque no es afectado por el cambio. Y además da un paso decisivo, que influenciará a la Filosofía y al pensamiento en general por dos milenios y medio, y establece que ese ser que está más allá de este mundo está hecho de ideas.

Pero no sólo eso: Platón también nos dice, por fin, lo que es este mundo, el de los sentidos. Es un mundo que sí es, sí existe, pero en un grado menor que el mundo de las ideas. Hay grados, por así decir, del ser. El ser absoluto, perfecto, es el de las ideas; en cambio, las cosas del mundo sensible sólo existen como copia de las ideas que les corresponden en el otro mundo. Su ser es efímero, de menor categoría, podríamos decir. Porque depende, para poder ser, del mundo de las ideas, que sí goza plenamente del ser, tal como la copia depende del original.

Platón dice que el mundo de los sentidos participa en el mundo de las ideas, y sólo en esa medida goza del ser.

Finalmente, revisemos las ideas de Platón acerca de la política. La pregunta de la que parte en el diálogo dedicado a este asunto, La República o de lo justo, es ¿cómo debe estar organizado el Estado? ¿cómo nos conviene organizar el gobierno? Recordemos que en esos tiempos Atenas apenas se recuperaba de una etapa muy difícil, marcada por una gravísima derrota militar, agudas divisiones internas, que seguido se manifestaban violentamente, y un ambiente general de decadencia moral, desconfianza y desaliento. El mismo Sócrates había sido una víctima de esas luchas entre facciones que impedían a Atenas recuperarse, hundiéndola más en la confusión y el mutuo recelo. Platón consideraba que todos sus esfuerzos como filósofo tendrían que coronarse con una propuesta viable para reorganizar el gobierno de su patria, o en el fondo no tendrían mucho sentido. Porque pensaba que las personas sólo podían alcanzar su potencial con la condición de vivir seguras en ciudades-Estado ordenadas y justas.

La principal propuesta política de Platón fue que los gobernantes fueran los hombres más sabios, es decir, los filósofos. Hombres y mujeres: Platón, a diferencia de las ideas comunes vigentes en su tiempo, pensaba que las mujeres también podían alcanzar la sabiduría.

Los súbditos de estos reyes filósofos, según Platón, afortunados por gozar de una dirección justa y sabia serían de dos clases: los guerreros, dedicados exclusivamente a garantizar la seguridad de la polis, y los artesanos, campesinos, y todos aquellos que tienen por misión suministrar al conjunto social los bienes necesarios para la vida. Cada una de estas tres clases recibiría una educación adecuada para las habilidades que en cada caso requiriera desarrollar.

Notemos que en las conclusiones de Platón hay desencanto y desconfianza respecto a la democracia. Pensaba que la experiencia reciente de Atenas y otras ciudades – Estado había mostrado que el gobierno del pueblo conducía al desastre, que la mayoría de las personas eran incapaces de desear y alcanzar la sabiduría, y por eso requerían ser gobernadas por alguien más. ¿Y para ello quién mejor que los filósofos, los hombres más inteligentes, capaces y bienintencionados?

Como podemos ver, el pensamiento político de Platón no es de ninguna manera democrático, por el contrario, es sumamente autoritario. Es decir, concentra sus esfuerzos en demostrar que lo más conveniente para la comunidad es concentrar el poder político en las manos de una o muy pocas personas, e impedir que las mayorías puedan participar en las decisiones públicas, en especial las que definen quiénes son dignos de gobernar. Por estos rasgos se considera poco influyente en la actualidad; algunos de los más importantes filósofos políticos del siglo XX como Karl Popper han criticado con dureza su carácter antidemocrático.

Aristóteles

A veces, las mejores lecciones de Filosofía pueden ser encontradas donde menos se les espera. La siguiente obra de arte nos servirá para emprender el estudio de nuestro siguiente filósofo, en opinión de muchos, sencillamente el hombre más brillante que ha existido: Aristóteles (384-322 a.C.). Primero veamos un fragmento, más adelante la obra completa.

Esta imagen corresponde a la parte central de La escuela de Atenas, uno de los más famosos frescos pintados durante el Renacimiento. Su autor, Rafael (1483-1520), forma parte, junto con Botticelli y Tiziano, de cuyas obras ya vimos un par de muestras, del grupo de grandes artistas de la época. La obra es importante para nosotros porque lo que representa no es una escena mitológica, sino a los más importantes filósofos griegos. Y en su sección central aparecen los que ya desde ese entonces eran considerados los príncipes indiscutibles de la Filosofía griega: Platón, el de más edad, en túnica naranja, y Aristóteles, vistiendo una azul. ¿Ya los identificaste?

Los dos filósofos van discutiendo mientras pasean, como seguramente hicieron una y otra vez por los senderos de la Academia. En efecto, Aristóteles fue discípulo de Platón, así como éste lo fue de Sócrates.

Ahora, observemos con atención: aparte de la edad, que el pintor pone de manifiesto para dejarnos claro que se trata de distintas generaciones de filósofos, ¿qué otra dife- rencia entre ellos nos llama la atención?, ¿de qué gestos acompañan su discusión y qué podemos suponer a partir de ellos?

Veamos. Platón apunta con su dedo índice hacia el cielo, como refiriéndose a otro mundo, casi seguramente al mundo de las ideas, que para él es el mundo real. En cambio, el gesto de Aristóteles parece ser una exhortación a concentrar la atención en este mundo, el “de abajo”, el que habitamos y percibimos con los sentidos.

En efecto, Aristóteles construyó su Filosofía criticando las principales ideas de su maestro, Platón. Al parecer, consideraba que era una exageración de su parte pensar que las cosas de este mundo, el mundo de los sentidos, sólo existían “a medias”, y que el mundo verdadero sólo podía conocerse con la mente. De igual modo, encontraba muy vaga y poco sólida esa idea de que las cosas del mundo sensible “participan” de las cosas del mundo de las ideas. ¿Qué significaba eso exactamente?

Sin duda, Aristóteles tomó de la Filosofía platónica los ingredientes básicos (ideas, cosas, etcétera) para pensar la realidad, pero los mezcló de un modo muy distinto, y produjo una visión diferente y en cierto modo invertida de la que recibió de su maestro. Una visión, que en cierta forma continúa vigente en nuestros días. En efecto, Aristóteles mostró una inteligencia impresionante. Se calcula que escribió aproximadamente 200 tratados, sobre todas las materias. Sólo conservamos 31, pero la variedad de temas que se estudian en ellos nos da una muy buena idea del tamaño de su capacidad y curiosidad. Física, Del alma, Historia de los animales, Retórica, Poética, La Gran Ética, Política, son algunos de sus más conocidos títulos.

En otra obra, conocida como Organon, desarrolló las bases de la ciencia de la Lógica, que dos mil quinientos años después seguimos estudiando, prácticamente sin cambios. Aristóteles estableció una división de los campos de conocimiento que ya encontramos familiar, y es que en sus líneas generales ha perdurado hasta nosotros. Identificó, definió y delineó metodológicamente algunas áreas del conocimiento que antes de él eran poco consistentes y borrosas; de otras, hasta se puede decir sin exagerar que las inventó. La obra de Aristóteles marca un antes y un después en la historia del pensamiento.

Como decíamos, Aristóteles invirtió los términos de la Filosofía de Platón: para él, la realidad fundamental no eran las ideas, sino las cosas individuales, las que percibimos con los sentidos: ese hombre, ese caballo, esa mesa, esa piedra, etcétera. Para definir esta realidad primordial, introdujo una idea que sería fundamental en todo el posterior desarrollo del pensamiento occidental: la sustancia.

Ahora, por supuesto que Aristóteles reconoce la realidad de las ideas, sólo que no como realidad fundamental, sino como creaciones de la mente humana, productos que la inteligencia genera a partir de la observación de las sustancias individuales, que son, como decíamos, las cosas que percibimos a nuestro alrededor. Así, por ejemplo, tras ver muchas gallinas, nuestra mente produce la idea de gallina (la idea de la especie gallina, para ser más precisos). A este proceso mental, que consiste en producir ideas generales a partir de observaciones individuales, se le llama inducción. Al describir de esta manera el fenómeno del conocimiento, Aristóteles se aleja también de Platón en un punto fundamental: si las ideas son producidas por la mente, y no son simplemente “encontradas” por el alma gracias al ejercicio del diálogo, entonces no tienen una existencia independiente, es decir, no hay “mundo de las ideas”.

Con esto, obviamente, queda también cancelada la anamnesis, pues si producimos las ideas eso significa que no las hemos conocido desde siempre, ni las hemos olvidado al nacer, ni conocerlas equivale a recordarlas. En otras palabras: para Aristóteles no hay ideas innatas. Lo único innato, nos dice, es nuestra capacidad para producirlas (no descubrirlas); esa capacidad sí es parte de nuestra esencia humana. En resumen, las sustancias son la realidad básica, la que existe por sí misma, y las ideas son derivadas por la mente a partir de ellas. Con ello Aristóteles sienta las bases de su teoría del ser, que es desarrollada en el que quizás es el más estudiado de sus libros: la Metafísica. Esta rama de la Filosofía ya nos debe ser familiar, puesto que hablamos de ella en el bloque I. ¿Recuerdas?

Aristóteles define a esta área del saber como la que estudia al ser en tanto que es. Es decir, la Metafísica estudia al ser en sí, a diferencia de todas las demás ciencias, que tratan de entender sólo un tipo de seres, una región de la realidad, cada una.

Por ejemplo, la Botánica estudia las plantas, la Zoología los animales, la Geología las rocas y los suelos, etcétera O hay ramas del conocimiento que estudian sólo un aspecto de la realidad: por ejemplo, las Matemáticas, que aunque son aplicables en prácticamente todas las disciplinas científicas, tienen por objeto de estudio, concretamente, las cantidades.

En cambio, la Metafísica estudia al ser en sí. Su pregunta es, como ya vimos en el bloque I, aunque pueda parecernos demasiado general, ¿qué es ser?

Aristóteles nos responde que podemos estudiar al ser desde cuatro puntos de vista:

  1. El de la sustancia y el accidente.
  2. El de las categorías.
  3. El del ser verdadero y el ser falso.
  4. El de la potencia y el acto.

Nos concentraremos en los puntos de vista 1 y 4. El 2, de las categorías, nos tomaría demasiado espacio explicarlo. Algo parecido ocurre con el 3, el del ser verdadero y el ser falso.

En cuanto al primero, nos otorga una útil y sencilla herramienta para clasificar prácticamente todas las cosas que podamos encontrar. Nos dice Aristóteles: todo lo que existe, o es sustancia o es accidente. Como ya vimos, la sustancia es aquello que existe por sí mismo. En cambio, los accidentes, requieren una sustancia para existir en ella.

Por ejemplo, si decimos: esa muchacha es maestra, su piel es morena y gusta de ir al cine, estamos atribuyendo a una sustancia, esa muchacha, una serie de accidentes: una profesión, un color de piel, y un gusto por hacer algo. Son accidentes, en primer lugar, porque la muchacha podría no presentarlos (es decir, podría dedicarse a otra cosa, tener otro color de piel, y no gustar de ir a cine), y la muchacha seguiría siendo ella misma. En segundo lugar, lo son porque necesitan una sustancia para ser, no pueden ser por sí mismos: el “ser maestra” o maestro no existe por sí mismo, sino que requiere necesariamente de una persona que lo sea; alguien en quién “encarnar”, podríamos decir. Primero se es persona, luego se puede ser maestra. Lo mismo ocurre con los otros dos accidentes: el color de piel y el gusto por ir al cine siempre son el color de piel y el gusto por el cine de alguien; por sí mismos no existen, no son.

Otra perspectiva desde la que se puede estudiar el ser es la de la potencia y el acto. Esta es una de las distinciones fundamentales de la Filosofía de Aristóteles, porque reconoce la existencia de cosas que no podemos percibir con los sentidos.

Podemos aclarar la diferencia entre ser en potencia y ser en acto con un ejemplo sencillo y muy utilizado. Podemos decir que un huevo existe en acto, pero en él, existe también un pollo en potencia. El huevo existe en el presente (es decir, en acto). Lo podemos ver, tocar y hasta comérnoslo. Por cierto, si hacemos esto, no estaremos únicamente acabando con el huevo como tal, sino también con el pollo que existía en él potencialmente. Esto nos revela algo importante sobre la relación entre lo que existe en potencia y lo que existe en acto: lo potencial siempre requiere, para existir, “alojarse” en algo que exista en acto. Así, en el ejemplo, el pollo po- tencial necesita, para existir, del ser actual del huevo, como lo demuestra el que si desaparece éste (por ejemplo, porque nos lo comimos), también desaparece aquél.

Esta distinción de Aristóteles entre el ser actual y el potencial fueron muy aprecia- das por los filósofos porque ofrecen la mejor solución con que se ha respondido al problema del cambio planteado por Parménides. Pues ya no tenemos que suponer que el cambio implique que algo llegue al ser desde la nada, sino que llegan de una región especial del ser, descubierta por Aristóteles, la del ser en potencia.

Con el paso del tiempo, esta visión ha sido muy útil e influyente en muchas áreas del saber. ¿No hablamos recurrentemente de un “potencial humano”, por ejemplo? Prácticamente todos los esfuerzos que se hacen para educar al ser humano, y fa- vorecer su desarrollo personal y comunitario tienen como supuesto y motivación el reconocimiento de esta realidad en potencia.

Ahora, a Aristóteles le interesaba comprender con mayor detalle cómo ocurre que algo pase del ser potencial al ser actual, y motivado por ello desarrolló su teoría de las causas.

Cuando queremos entender porqué ocurre algo nos preguntamos por su causa, como si tuviera una sola. Aristóteles tenía una idea de las causas mucho más rica: él consideraba que hay cuatro tipos de causa, que operan sin excepción para pro- ducir absolutamente todo lo que hay (recordemos que los primeros filósofos esta- blecieron que todo lo que ocurre o existe tiene una causa, que nada viene de la nada). Las cuatro causas propuestas por Aristóteles son:

  1. Causa material: aquello de lo que algo está hecho.
  2. Causa formal: la idea que corresponde a lo hecho, que incluye lo que lo hace ser lo que es.
  3. Causa eficiente: la acción que explica que algo haya llegado a ser.
  4. Causa final: el propósito con el que algo ha sido hecho.

Veamos un sencillo ejemplo. Supongamos que estamos frente a una silla. Podemos, siguiendo a Aristóteles, preguntarnos por las causas de esa silla. Su causa material es la madera y el cuero de que está hecha.

Su causa formal es la idea de silla, que estaba en la mente del carpintero que la elaboró. Por cierto, la acción del carpintero, que primero imaginó la silla y luego trabajó sobre los materiales para hacerla realidad, es la causa eficiente. Por último, la causa final es el propósito para el que fue hecha la silla (típicamente, para sentarse en ella.) Hemos presentado un ejemplo en el que intervienen los cuatro tipos de causa, pero no en todo lo que existe ocurre así. Por ejemplo, si resolvemos mentalmente una ecuación de segundo grado, la respuesta tiene una causa formal (las reglas del álgebra que seguimos para resolverla), una causa eficiente (nosotros) y quizás una causa final (aprobar un examen), pero dado que los números son ideas puras, no tenemos en este caso una causa material.

En lo que hay que insistir es la riqueza de la idea aristotélica de causa; tanto en el ámbito científico como en el de la vida cotidiana, nos incita a una observación sistemática y completa de los hechos que tratemos de entender. Finalmente, señalemos que una de las principales preocupaciones de nuestro autor fue el estudio de la política. Por motivos de espacio, no podemos entrar aquí en los detalles de sus ideas en esta materia, pero fue él quien antes que nadie en la historia del pensamiento advirtió que el hombre es por esencia un ser social (animal social, lo llamó él).

A diferencia de su maestro Platón, que estaba interesado ante todo en determinar cuál es la mejor forma de gobierno, Aristóteles dedicó la mayor parte de sus esfuerzos en esta área a comprender y clasificar las variedades de gobierno existentes. El catálogo resultante de su investigación ha sido estudiado por filósofos y científicos de lo político por dos mil quinientos años.

Fuente: Secretaría de Educación Pública. (2015). Filosofía. Ciudad de México.