Ética y valores

Situaciones y problemas específicos asociados a la práctica de valores que ocurren a nivel local y nacional

El juicio moral

Un juicio moral es una facultad que consiste en afirmar bondad o maldad de un acto tomando como punto de referencia principios, valores, normas y creencias que se consideran valiosos. Los juicios morales son afirmaciones que las personas formulan sobre los actos propios y los de otras personas. No todos los actos que realizas son aptos de ser juzgados moralmente.

Solamente los actos humanos son susceptibles de ser juzgados moralmente. Toda afirmación es en sí un juicio. Por ejemplo: la carne de res es buena para comer, es un juicio verdadero; las jirafas son mamíferos voladores, es un juicio falso, pues no corresponde con la realidad.

Enunciativa: “Juan Pablo es honrado”, “Jorge es autoritario”, “Alberto es bondadoso”.

En el juicio Juan Pablo es honrado, está oración hace una afirmación, dice alguien (Juan Pablo) que tiene una característica valiosa, se dice que es honrado.

Preferenciales: “Es preferible pelear por la soberanía nacional que quedarse a salvo en casa”, “Es preferible asistir a misa que permanecer en casa viendo la televisión”, “Es preferible mentir para evitar una injusticia”. Estos enunciados expresan juicios comparativos que establecen que un acto o una cualidad de una persona o sociedad es más valioso que otro.

Otro ejemplo, decir “Es preferible cumplir con el trabajo a decir la verdad a enfermos terminales”, es un tanto engañoso. En esta ocasión sí se trata de un enunciado con sentido, también se comparan dos actos o propiedades valiosas, relacionadas con alguna necesidad o finalidad humana.

Cumplir con el trabajo y decir son actos que se pueden calificar como buenos o malos, correctos o incorrectos. Sin embargo, ¿no te parece que hay algo extraño en esta comparación? Nota que cumplir con el trabajo puede tratarse precisamente de decirle la verdad sobre su salud a un enfermo terminal.

Imperativas: debes hacer lo que te indican tus superiores, debes hacer lo que te indican tus sueños, debes hacer bien la tarea, haz el bien sin importar a quien, debes ayudar a todo compañero que te pida ayuda. En los juicios imperativos, o también llamados normativos, se expresa una exigencia.

Se nos dice que tenemos que realizar algo, esa acción que se nos pide llevar a cabo no existe, no está ocurriendo en el momento en que se nos indica que se realice.

Por ejemplo, “Debes ayudar a tu amigo, está teniendo problemas con la materia de matemáticas” o “Debes ayudar en la recolección de manzanas”, “Debes colaborar en el quehacer de la casa”, “Debes participar en la celebración del pueblo”. Es importante darse cuenta que cada juicio imperativo conlleva o, por decirlo de otro modo, contiene, en el fondo, un juicio enunciativo. Veamos:

Es importante que al formular un juicio moral, independientemente del tipo de juicio moral que formules, te detengas un momento a reflexionar sobre los motivos y condiciones que te llevan a pensar ese juicio, así como las circunstancias particulares de la situación a juzgar. Ya sea que se trate de un deber por realizar, de una preferencia que te lleve a tomar una decisión o de un enunciado sobre la edad, la nacionalidad o el género de una persona.

Una persona crítica de sí misma y de sus actos es menos propensa a dejarse llevar por prejuicios.

Es importante reflexionar sobre las propias motivaciones y el contexto. Siempre cabe preguntarse: ¿por qué estoy tomando esta decisión? ¿Cuáles son los factores que influyen en mi idea de lo que está bien y lo que está mal? ¿Son esos factores realmente suficientes? ¿Qué riesgo existe de esta equivocado? ¿He reflexionado sobre las consecuencias de este juicio?

Ser crítico significa tener cautela al presentar juicios sobre otras personas y preguntarse sobre los motivos de la propia conducta. Esta característica ayuda a ser precavidos a la hora de interactuar con los demás y no apresurar el juicio.

El problema ético

Ya hemos visto que los juicios morales dan pie a las normas morales y éstas tienen el objetivo de regular las relaciones entre los hombres de una sociedad. Ya tenemos claro la característica principal de un juicio moral es que afirma lo correcto o lo incorrecto, lo bueno o lo malo de un acto, una preferencia o un deber.

A lo largo del bloque hemos expuesto situaciones conflictivas que se pueden presentar durante la vida de cualquier persona.

La palabra problema quiere decir, originalmente, pregunta. Esto significa que un problema es, en realidad, una cuestión que requiere resolverse, una interrogante que reclama solución.

Los problemas son retos que se presentan todos los días y nos dan la oportunidad de ejercer nuestra inteligencia y capacidad de decisión. Desde luego, no todos los problemas que enfrentamos cotidianamente se relacionan con lo correcto o incorrecto de los actos.

Por ejemplo, si se descompone la estufa es un problema, y seguro habrá muchas maneras de solucionarlo, pero ninguna implica la moralidad.

Qué camino tomar para ir a la escuela o el tipo de transporte que abordaré son ejemplos de decisiones diarias que no involucran contenidos morales. Sin embargo, también es cotidiano enfrentar situaciones que sí atañen a la esfera de lo moral.

Por ejemplo, si tienes flojera, ¿vas o no a la escuela?; si un amigo te pide que lo cubras porque se va a ir de pinta ¿le dices que sí o que no? Si otro amigo tuyo está enojado porque un compañero empezó a cortejar a una joven que le gusta y te pide que le ayudes a agredirlo, ¿lo ayudas o no?

Otro ejemplo muy común: llega un nuevo alumno al salón, no se integra aunque no molesta a nadie. Sin embargo, empieza a ser molestado por varios compañeros del grupo y ellos también molestan a quien no lo agrede. Como no quieres ser agredido por tus compañeros, ¿molestas o no molestas al nuevo alumno aunque no te haya hecho nada?

Este tipo de situaciones nos ponen en conflicto porque tenemos que tomar una decisión buscando hacer lo más correcto.

No es tan sencillo enfrentar estos problemas, porque muchas veces parecen tener sólo dos salidas y ambas se nos presentan como extremos que no deseamos.

Decidir si se asiste o no a la escuela por tener flojera en realidad puede o no presentar nada extremo, pero decidir entre agredir a un compañero o ser agredido por no sumarte a la agresión colectiva sí lo es.

Toda aquella situación en donde tenemos que elegir entre dos posibilidades, que implican valorar qué es lo más correcto, se llama problema ético o dilema ético.

Pero, ¿cómo se distingue lo correcto de lo incorrecto más allá del sentido común?, ¿quién decide si es correcto matar a un ser humano como castigo a un delito grave que cometió?, ¿cómo se decide que robar sin uso de fuerza es menos grave que pelearse a golpes en la calle?, ¿cómo decidimos que enseñar a rezar es mejor que enseñar a leer o viceversa?

A continuación revisaremos diferentes propuestas que varios filósofos han dado para responder a estas preguntas.

El eudemonismo

La idea principal de esta tradición filosófica es que el bien supremo es la felicidad, el término proviene del vocablo griego eudaimonía, que significa felicidad. Aristóteles, el famoso filósofo griego, consideraba que la felicidad de los seres humanos recae en el ejercicio de la razón, misma que es, tal como la conocemos, una característica esencial del hombre.

El razonamiento de Aristóteles es que el bien para cualquier ente vivo es el ejercicio de su actividad típica, de su actividad característica. Por ejemplo, se supone que sería bueno que las aves fueran perfeccionando su vuelo o que los peces fueran perfeccionando su nado.

De este modo, el bien para los humanos es una continuidad o un simple ejemplo de esta “ley natural” en la que él creía. En este sentido, el hombre es feliz cuando realiza lo que le es propio, lo que lo hace hombre, es decir, lo que lo hace diferente del resto de los animales.

El punto para Aristóteles es que hay que desarrollar hábitos que nos lleven a man- tener un balance en cuanto al componente emocional y sensorial del ser humano y que conduzcan a la sabiduría respecto del componente espiritual del mismo.

Ejemplo de lo primero sería evitar extremos, no es necesario ser abstemio si se puede ser prudente. Es decir, la tarea es aprender a beber moderadamente para disfrutar y no para embriagarse; aprender a dominar las emociones, ni ser inexpresivo pero tampoco explosivo.

Aprender a estar con uno mismo, no para aislarse del mundo sino para conocerse, para saber estar solo aun cuando disfrutemos la compañía; aprender a convivir, no para volverse dependiente de la compañía, sino para desenvolvernos plenamente en la sociedad.

Teorías consecuencialistas

Como su nombre lo indica, estas teorías proponen que el criterio para determinar la moralidad de una acción radica en sus consecuencias. Esto quiere decir que pue des determinar si una acción es moral o inmoral si pones atención a sus posibles efectos. Entre estas teorías encontramos el hedonismo y el utilitarismo.

El hedonismo

El fundador de esta doctrina filosófica fue el griego Epicuro. La idea principal de esta propuesta filosófica es que lo placentero es lo bueno. Así, lo correcto, lo bueno, es lo que genera placer. Pero antes de que se dibuje senda sonrisa en tu rostro, debo aclararte que los hedonistas usan la palabra placer para referirse a un sentimiento o estado afectivo agradable al espíritu, no al placer sensorial.

Por ejemplo, aclarar un mal entendido con un amigo, resolver un conflicto vecinal de manera pacífica, ayudar a conciliar a dos personas, evitar una injusticia, sentarse un rato y mirar el horizonte, pasear tranquilamente en un par- que, encontrar la solución de un problema que habíamos estado pensando durante largo tiempo, entender un poema o aprender nuevas cosas.

Una concepción errónea del hedonismo, que ha perdurado por mucho tiempo en diversos medios de comunicación, es la de creer que se refiere al cultivo de placeres de los sentidos, como los alimentos o cualquier sensación corporal agradable, como bañarse con agua caliente o dormir en colchones suaves.

Es decir, el hedonismo se ha confundido con la idea de propinarse el mayor número de placeres posibles y entre más duraderos mejor. Bien, pues dejemos claro que de eso no estamos hablando cuando nos refiramos al hedonismo, sino a los placeres principalmente intelectuales, espirituales y estéticos.

El utilitarismo

Esta propuesta filosófica, perteneciente al consecuencialismo, plantea que los bueno es lo útil y lo útil es lo que beneficie a la mayoría de los hombres, incluido uno mismo. Todo aquello que incremente el bienestar de la mayoría es útil y, por lo tanto, bueno.

Si bien existen mucho filósofos que trabajaron a la luz de utilitarismo: son dos los principales exponentes: Jeremy Bentham y John Stuart Mill. El utilitarismo piensa desde el ideal de la generación de bienestar social, buscando crear condiciones de vida dignas para todos los ciudadanos y mediante el fomento de las libertades.

En este contexto, Jeremy Bentham propuso que lo bueno es el placer, así que los actos moralmente buenos son los que buscan aquello que proporciona más placer a la mayor cantidad de gente posible, sin considerar su clase social.

En su trabajo intentó elaborar reglas para calcular magnitudes de placeres y poder así tener elementos racionales para planear acciones moralmente correctas. Por supuesto, se topó con problema nada sencillo; si el placer es una vivencia personal y subjetiva ¿cómo calcular la suma de placeres producto de un conjunto de experiencias?, ¿cómo hacerlas comparables?

Otro problema no menos difícil y que está relacionado con el anterior es el de clasificar los placeres por su posible calidad, ¿cuál placer es mejor que otro? De este modo, aunque la propuesta incluyente de Bentham es muy apreciada por toda persona que se considere democrática, existe un obstáculo que sortear: los diferentes grupos humanos, las diferentes culturas tienen diferentes formas de clasificar los placeres. No todos sentimos lo mismo.

Hay culturas que aprecian mucho la valentía y por ello consideran loable, admirable enfrentar situaciones físicamente peligrosas. Algunas otras también otras culturas consideran valioso el ser valiente, aunque dan más importancia al hecho de ser culto; por lo que estos grupos pondrán más empeño en cultivar el intelecto que en sortear situaciones de riesgo físico.

Nota la importancia de esta diferencia: los segundos busca- rían fomentar una sociedad más intelectual que físicamente entrenada; los primeros, por lo opuesto. Por estas razones se pensó en la necesidad de tener una clasificación que ordenara los distintos tipos de placer de acuerdo con su calidad moral.

Es precisamente aquí donde entra John Stuart Mill, que se dio a la tarea de estudiar y complementar el trabajo de Bentham. Concibió lo bueno como aquello que da felicidad, esta última entendida como realización personal.

Con ello buscaba dejar claro que no todo placer es deseable; además, tendría que cumplirse una condición: la sociedad debería ser educada, bien instruida, informada y no tener imposiciones.

Teorías deontológicas

El criterio de corrección moral propuesto por estas teorías radica en la observación y obediencia de las leyes o normas. ¿Qué quiere decir esto? Significa que una acción es moralmente correcta en la medida en la que busque o siga el deber. Como puedes ver, este enfoque pone más atención a las reglas que gobiernan la conducta que a las consecuencias de la misma. El principal exponente de la deontología fue el filósofo alemán Immanuel Kant.

A este filósofo le interesaba saber que puede hacer lo correcto independientemente de toda circunstancia, del momento histórico que se viva y de las consecuencias de nuestras acciones. Se preguntaba por lo bueno de un modo absoluto. Después de un enorme esfuerzo intelectual, de ensaya ideas y luego destruirlas, Kant llegó a la siguiente conclusión:

Que sólo la buena voluntad o intención se puede considerar como algo correcto, sin restricción alguna, válido para todo momento o circunstancia, e independientemente de las consecuencias de nuestras acciones, a la buena voluntad o intención.

Kant consideraba que ninguna de las propuestas anteriores a él había logrado dar con lo bueno en términos absolutos y por eso se impuso esa tarea.

John Stuart Mill nació en Londres en 1806 y murió en Aviñón, Francia, a la edad de 67 años en l873. Vivió una época de intenso activismo político, defendiendo la abolición de la esclavitud durante la guerra civil estadounidense. También fue miembro de la Cámara de los Comunes del Reino Unido, uno de los órganos de gobierno dedicado a hacer leyes. Durante su estancia en la misma generó polémica por su apoyo abierto a la igualdad de 72 derechos para la mujer y a las medidas que favorecían a las clases más desprotegidas.

Ahora bien, ¿en dónde radica lo bueno de la “buena voluntad”? Kant responde que la buena voluntad tiene valor en sí misma. ¿Qué quiere decir esto? Pensemos primero lo siguiente:

Una medicina es buena porque tiene un efecto sobre una persona, la alivia. El medicamento sin un enfermo que la requiera no tiene valor. Tener hábitos de limpieza es bueno, pero es bueno porque tiene consecuencias benéficas para todo aquel que los desarrolle.

Estudiar es bueno en virtud de que mejora nuestra habilidad de pensar o nos ayuda a lograr metas, como terminar el bachillerato y seguir tu vida, ya sea que aspires a otro nivel de estudios o que te dediques.

En contraste con los ejemplos anteriores, Kant razona y argumenta que la buena voluntad no necesita servir ningún fin para tener valor, no es necesario que se cumpla una meta. La buena voluntad vale por sí misma.

Lo que Kant está pensando como buena voluntad implica utilizar todos los medios que tengamos para poder hacerla efectiva, para que no se quede en una simple intención. No importa que no haya funcionado o que no se hayan cumplido los propósitos.

La buena voluntad es, entonces, según Kant, la que interviene cuando queremos cumplir con el deber por el deber mismo, no por evitar el castigo, no por obtener una recompensa, no por obtener la aprobación de alguien. La buena voluntad es la que actúa por respeto al deber.

Fíjate bien, la buena voluntad no está determinada por las consecuencias, ya sea la posible sensación de bienestar que genere cumplir con el deber, ya sea que genere una sensación placentera o que genere felicidad. La buena voluntad únicamente está determinada por la razón. Ayudar a un anciano a cruzar la calle, devolver un objeto perdido, darle de comer a un gatito abandonado, podrían ser actos de este tipo, ya que se realizan sin pensar en la consecuencia.

Decisión, congruencia, pensamiento y acción

La toma de decisiones es consecuencia de la libertad humana. El sujeto decide mu- chas cosas todos los días. Esta elección sólo se da en condiciones de libertad, pues si se obliga a alguien a escoger no hay una verdadera elección. Una persona puede decidir no optar por ninguna alternativa. ¿Se te ocurre algún ejemplo para mostrar cuando una persona decide no elegir?

Las decisiones no son abstractas. Todas ellas están inmersas en una circunstancia particular, en un lugar específico. El que una persona sea hombre o mujer, mayor o menos de edad, mexicano o extranjero, estudiante o trabajador, influirá determinantemente en las decisiones que toma. Recuerda que éstas son producto de la vida, experiencia y pensamiento de cada persona. En otras palabras: cada decisión es un caso específico, una situación especial.

Lawrence Kohlberg (psicólogo americano nacido en 1927) propuso tres etapas de desarrollo moral que se basan en los motivos por los que las personas toman decisiones específicas.

Según Kohlberg, existen tres etapas morales diferentes en la vida de los seres humanos:

  1. Moral preconvencional: a esta fase pertenecen los niños pequeños de entre 4 y 11 años de edad. Durante esta etapa, los niños toman decisiones para evitar castigos y obtener recompensas.
  2. Moral convencional: las decisiones enmarcadas en esta fase de desarrollo están mayor- mente regidas por la sociedad. Esto quiere decir que durante esta etapa las personas toman decisiones para complacer a los demás y obedecer la ley.
  3. Moral posconvencional: durante esta fase el individuo ha alcanzado una madurez moral tal que toma decisiones basadas en su propio criterio, de forma autónoma. Podría decirse que los hombres y mujeres de esta categoría actúan de acuerdo con su propia conciencia y que, definitivamente, sus criterios de bien y mal van más allá de lo que las leyes y la sociedad dictan.

Cuando las circunstancias (maestros, amigos, problemas, necesidades, el contexto) te obligan a tomar decisiones contrarias a tus propias convicciones, pones en riesgo tu propia identidad y, así, cometes una incongruencia. Por esta razón es importante consolidar tus propias convicciones, tu personalidad a partir de la experiencia, ser crítico de los actos de los demás y los tuyos, para entonces procurar actuar siempre congruentemente.

Actuar acorde con los propios principios y convicciones es ser congruente. La congruencia como virtud implica la coherencia lógica entre los principios de una acción misma. Ser congruente significa actuar en consecuencia con tus pensamientos, principios y palabras. La congruencia es un hábito que requiere esfuerzo y que se ejercita a diario. Un ejemplo de congruencia es que si consideras que la sinceridad es una forma correcta para relacionarte, seas sincero con los demás, en los distintos ámbitos de tu vida.

Justo para ejercitar la virtud de la congruencia, reforzar la libertad y ser conscientes y responsables de los actos, es bueno tener claridad sobre las cosas (asuntos, principios, aspectos) que son importantes para ti. Esos asuntos a los que les das importancia se llaman YDORUHV. Los valores son los aspectos de tu vida que te guían cuando tomas una decisión o aquellos a los que más importancia les das cuando observas actitudes o comportamientos de las otras personas.

Es importante que tus actos coincidan con tu pensamiento y con lo que consideras valioso. Por esta razón, es necesario que reflexiones sobre lo que es valioso para tu país, tu comunidad y tu familia, así como para ti mismo, pues así actuarás de manera congruente.

Autonomía y heteronomía

Una dimensión que es importante estudiar es el origen de las decisiones morales. Al elegir entre dos opciones se puede analizar de dónde proviene la decisión. En otras palabras, si la decisión se basa en una moral autónoma o heterónoma.

Es concepto de autonomía moral se refiere a la voluntad de hacer algún acto que provenga del uso de la razón. Una vez más, es el filósofo Immanuel Kant quien nos da luz al respecto.

Su explicación es como sigue. Cuando la propia razón determina la manera en la que se tiene que actuar, se dice que la voluntad es autónoma. Por el contrario, si las normas que rigen a una persona provienen de otro lugar que no es la razón, se dice que la voluntad es heterónoma.

De acuerdo con Kant, la voluntad se determina únicamente por dos principios: la razón o la inclinación. Por inclinación se refiere a los deseos sensoriales, o como él los llamaba, los apetitos sensibles.

Así que nuestras decisiones las podemos tomar razonándolas o dejándolas a la presión social, los deseos de otro, los temores, los miedos, además de los deseos corporales o materiales. Kant nos dice que las decisiones razonadas son las mejores.

Esta división que hace Kant puede parecer rara o bastante lejana a la realidad. Actualmente estamos acostumbrados a ver las normas morales y muchas leyes como restricciones a nuestra libertad.

En pocas palabras, solemos creer que la libertad es estar en condición de hacer lo que se me pegue la gana, pero detengámonos un momento para analizar su propuesta. Con frecuencia nos enfrentamos a demasiadas situaciones que no elegimos.

Fíjate bien, piensa: muchísimos de nuestros deseos no son producto de nuestra razón, sentimos sed, hambre, frío, sueño. Éstas son necesidades a las que tenemos que hacer caso si lo que queremos es sobrevivir. Visto así, tomar agua no es un acto libre, en el sentido de que no podemos evitar tomarla, es una necesidad biológica independiente de nuestra voluntad. Por lo tanto, no somos libres de decidir beber o no, tenemos que hacerlo.

Sin embargo, nuestro comportamiento no está completamente determinado por instintos o por necesidades. En eso consiste precisamente nuestra libertad, no en la posibilidad de hacer lo que se quiera sin restricción alguna.
En este sentido, Kant pensó que cuando nuestro propósito es cumplir todos nuestros deseos, en realidad no estamos ejerciendo la libertad, para cumplir todos los deseos debemos hacer caso a las imposiciones del mundo; esto es, hacer caso a exigencias ajenas a la propia voluntad.

Por ejemplo, una persona que considera que su comportamiento debe estar dirigido a buscar el reconocimiento social por encima de cualquier otra cosa, tendrá una conducta errática, inconsistente, no coherente. ¿Por qué?, pues porque, de acuerdo con las circunstancias, tendrá que juntarse con cierto grupo de personas adoptando sus costumbres y, tal vez, al otro día, tenga que abandonarlo. Así, sucesivamente, cada vez que las circunstancias lo obliguen.

En términos prácticos, la autonomía moral significa que las normas morales provienen de uno mismo. Es decir, que nuestra voluntad puede estar determinada por sí misma, sin ser limitada por causas ajenas a ella: puede autodeterminarse.
Por ejemplo, cuando estás decidido a terminar el año escolar, ocurra lo que ocurra, no importa si tus amigos se enojan porque no vas a todas las fiestas o si tienes que contribuir en casa para ayudar a tus padres. La voluntad autónoma, la autodeterminación puede ser el arma más poderosa que puedas desarrollar ante las malas circunstancias, ante la adversidad.

Por el contrario, cuando la voluntad actúa de un modo distinto a su propia autode- terminación, se dice que es heterónoma. Es decir, su actuar está impulsado por situaciones o condiciones que no le pertenecen.

Esto caracteriza a muchos elementos de nuestra sociedad. Así, mucha gente se atiene a las normas del derecho, las religiosas, a las costumbres de una comunidad, los códigos de algún grupo social como los clubes o las sociedades comerciales, las organizaciones civiles o los partidos políticos.

Por ejemplo: una norma o ley impuesta sobre mi voluntad (heteronomía) puede convertirse en una decisión consciente y fundada en mi voluntad (autonomía) en la medida que la persona se apropie de ella. ¿Puedes pensar en algunos ejemplos? Aquí presentamos algunos:

  1. Una decisión autónoma es tratar de alimentarte sanamente porque consideras que es algo bueno para ti. Estar convencido no significa que no hayas recibido influencia de nadie; simplemente que la decisión está fundada en tu propia voluntad y en que eres consciente de ella. En este caso, alimentarte sanamente es una convicción propia.
  2. En cambio, si tu decisión de comer bien está fundada en la moda, en convenciones sociales o en la presión de tus amigos y familiares, estás ejecutando una decisión heterónoma.
  3. Las leyes de nuestro país son, en un principio, ejemplos de normas heterónomas. Sin embargo, si estás convencido de que obedecer la ley es la decisión correcta y lo haces de forma consciente y con plena convicción, se podrá decir que la norma que originalmente era ajena ahora no lo es. Has transitado de la heteronomía hacia la autonomía al tomar una decisión fundamentada en tu propia voluntad.

Valores, tipos y jerarquías

En secciones anteriores reflexionaste sobre los temas de decisión, congruencia, pensamiento y acción, y para ello estudiaste, en términos generales, la definición de valor. Se resaltó que, para ejercitar la virtud de la congruencia, se necesita claridad sobre las cosas (asuntos, principios, aspectos) que son importantes para ti. Esas cosas a las que les concedes importancia se llaman valores.

Los valores son las actitudes que reconoces en ti y en otras personas, que para ti son importantes y que consideras al momento de tomar una decisión. La familia, la tradición, la honestidad, los bienes materiales y las actividades que disfrutas son asuntos de importancia para ti, esto significa que son elementos en tu escala de valores personales.

Los valores son cualidades que las personas añaden a las cosas, lo cual significa que un valor es una apreciación adicional que los seres humanos tienen sobre objetos, actos y personas.

Además de los atributos propios de un objeto o acto, cada persona deposita un agregado especial en ellos. ¿Puedes pensar en un ejemplo? A continuación se presentan algunos:

  1. Los atributos propios de una moneda son su color, textura, peso, diámetro, etc. Adicionalmente, las personas depositamos un valor en ese objeto: cinco pesos, diez pesos, etcétera.
  2. Las cualidades de una flor son su aroma, color, frescura, etc. Además de estas propiedades, es posible sumar un valor agregado, por ejemplo, una flor en el campo no tiene el mismo valor que el de las flores que obsequias a tu mamá el día de las madres.
  3. Una historia contada por un maestro en clase tiene ciertas características, personajes, situaciones, moraleja, etc. Sin embargo, la misma historia narrada por un familiar (un abuelo, un hermano) adquiere un valor distinto.

Existen diferentes clases de valores. Los hay universales y relativos, objetivos y subjetivos.

Valores universales y relativos

Un valor universal es un bien (objeto, acto, persona, lugar) que es importante para todos. La vida es un ejemplo de valor universal. Todos los pueblos, culturas, naciones y familias valoran la vida. Otros ejemplos son la propia familia, la salud, la paz, entre otros.

En diversos espacios se habla constantemente de la crisis de valores y de un deterioro social por falta de éstos. Este tema se aborda suponiendo que todos tienen como base los mismos valores o al menos comparten la misma categoría de los valores. Tratar el tema de valores universales implica un planteamiento sobre el juicio de una conducta que es absolutamente buena, deseable en sí misma y que se sostienen porque son orientaciones que modelan a la razón para garantizar el valor ético supremo que es el respeto a la dignidad humana. Las acciones éticas contrarias al respeto de este bien se consideran antivalores. ¿Conoces alguna sociedad donde haya distintos valores a los tuyos?

Piensa lo que sucedería en algún lugar donde se entendiera una moralidad diferente, por ejemplo donde la gente fuera admirada por sus actos de mentira, deslealtad, daño a la propiedad privada, o donde un ciudadano estuviera orgulloso por robar y engañar a otros o violentar sus derechos humanos. Los valores morales universales son creencias, virtudes y normas que son verdaderos porque prestan beneficios para un desarrollo humano a nivel individual o social, sin importar el lugar y la época.

Otras orientaciones morales se refieren a principios que pueden diferir de una cultura a otra. Estas normas sociales cuya guía depende de las necesidades y formas de convivencia de un grupo social están basadas en las formas particulares de emitir juicios y responden a lo que el sistema cultura, considera correcto; por lo tanto, son aplicables a ciertas personas para un determinado tiempo y en cierta cultura. Los japoneses, por ejemplo, tienen en alta estima la obediencia y el silencio, mientras que los mexicanos aprecian el espíritu festivo y la audacia. Estos valores se conocen como valores relativos, ya que funcionan en un contexto sociocultural, pero no necesariamente pueden aplicarse a otros medios, mucho menos a nivel universal. Los valores relativos empleados sin un ejercicio de prudencia pueden interferir con los valores universales.

Una propuesta para elaborar un juicio y vivir apropiadamente los valores es la que sugieren los filósofos estudiosos del tema con respecto al ejercicio del valor universal: es práctico, trae beneficios objetivos al individuo y sociedad, posee una validez en cualquier lugar, llega al corazón y a la conciencia y trasciende la cultura.

Valores objetivos y subjetivos

Otra clasificación que se utiliza mucho en las discusiones filosóficas es la de valores objetivos y valores subjetivos. La postura de los valores subjetivos es la que afirma que los valores no tienen existencia propia, que no existen en sí mismos, como sí lo hace una piedra. Afirma que los objetivos son los únicos que tienen una existencia real, objetiva, donde nadie puede negarlos.

Las posturas subjetivas parten de la idea de que son las personas las que asignan valor a los objetos y a las características de los actos. Por ejemplo, el oro no tiene ningún valor si no existen seres humanos que se lo asignen. Esto significa que el valor del oro reside en la persona que se lo asigna.

Como podrás imaginarte, la postura contraria considera que los valores tienen valor en sí mismos, independientemente de que una persona se los asigne o no.

En cuanto a la ética se refiere, se afirma que los valores no necesitan de un objeto para existir. Por ejemplo, la bondad no necesita expresarse en algo tangible, lo podemos entender de forma abstracta, lo mismo ocurre con la justicia. Esta discusión entre objetivismo y subjetivismo no se ha resuelto. Siguen existiendo exponentes de ambas posturas. Una de las preocupaciones que giran en torno a este debate es que, desafortunadamente, varios gobiernos totalitarios y autoritarios se han respaldado en la idea de que existen valores absolutos y objetivos, a los que la población entera tiene que someterse.
Por su parte, el problema con el subjetivismo es que llevarlo a la práctica puede dificultar la convivencia entre diferentes grupos sociales e incluso países, pues las diferencias en lo que consideran moralmente correcto pueden ser muy grandes.
¿Cuál postura te parece más correcta, la objetivista o la subjetivista? Propongan una actividad donde, en pequeños grupos, aporten argumentos a favor o en contra de las dos posturas.

Características de los valores

Los valores poseen un carácter ideal: si se es subjetivista, esta característica se concibe como los fines u objetivos de las normas, o sea, señalan nuestros ideales, lo que creemos que es valioso y conviene alcanzar. El carácter ideal pertenece al ámbito del deber ser, de lo preferible, y no al que de hecho es.

Por el contrario, los objetivistas consideran este carácter como una propiedad realista, esto es, como ideales –en un sentido de existencia inmaterial pero real– que también dictan lo que debe ser.

Los filósofos también coinciden en que los valores tiene polaridad: esto significa que a todo valor le corresponde un antivalor o valor negativo. Es decir, todos los valores se ordenan en pares de opuestos, en los que uno es positivo, el valor, y el otro, negativo, el antivalor. De este modo, a la lealtad le corresponde la deslealtad, a la gratitud la ingratitud, a la bondad la maldad; la belleza se corresponde con la fealdad; a lo justo con lo injusto y así sucesivamente.

Finalmente, la tercera característica es la jerarquización, es decir, que los valores se pueden enlistar de acuerdo con su orden de importancia, lo que supone que hay valores inferiores a otros, de menor importancia. Esta característica es fundamental para resolver dilemas éticos. Elabora en tu cuaderno una tabla donde categorices las características de los valores e incluye dos ejemplos propios.

La disciplina que toma como objeto de estudio a los valores y se encarga de discutir su orden jerárquico es la Axiología. La palabra axiología proviene del vocablo griego axios, que significa “lo que es digno de estima, lo que es valioso”, y del vocablo logos, que significa “tratado, estudio”. Uno de los filósofos más populares de la rama normativa de la Axiología fue el alemán Max Scheler, quien se preguntó, en primera instancia, cuáles deberían ser los criterios para determinar la jerarquía. De acuerdo con Sanabria (2005), Scheler propuso cinco criterios que a su juicio trascendían toda época y cultura:

  1. Durabilidad. Un valor es superior cuanto más dure e inferior si dura poco. La mayor o menor duración, nos comenta Sanabria, no hay que entenderla en sentido meramente temporal, pues no se trata de objetos. El autor nos brinda este ejemplo: la duración de una piedra es mayor que la de una persona y no por eso la piedra es más valiosa que la persona. En cambio, el conocimiento es más duradero que el sabor de un buen helado de chocolate.
  2. Divisibilidad. Un valor es superior cuanto menos divisible sea, e inferior cuanto más divisible sea. Con ello quería decir que hay cosas cuyo valor se divide de acuerdo con sus partes, por ejemplo, 10 kilos de toronjas valen la mitad que 20 kilos. Pero la mitad de una obra de arte no vale la mitad del valor de la obra en sí. La mitad de un concierto no vale el doble que el concierto completo. Así, las cosas no se miden igual que los valores.
  3. Fundamentación. Un valor es superior mientras sea la base de otros, e inferior cuanto mayor sea su dependencia de la existencia de otro valor. El placer, la alegría, la salud no se dan si no se fundan en el valor vital. Esto quiere decir que, el placer, la alegría o la salud requieren de la existencia del valor vital. El término fundante se refiere al concepto de fundamento, es decir, lo que sirve de base para otra cosa.
  4. Satisfacción. Un valor es superior cuando la satisfacción que produce es más profunda, e inferior cuando menos satisfacción genere. Aquí, la satisfacción no se debe confundir con el placer sensorial, como el que sentimos cuando comemos rico; se refiere a la vivencia de cumplimiento; por ejemplo, del deber, de la justicia, de la equidad. La satisfacción se da cuando se cumple una intención hacia un valor, es una consecuencia de la aparición del valor.
  5. Absolutidad. Un valor es superior mientras menos relativo sea a un individuo. Un valor espiritual es superior a un valor sensible (de los sentidos, olfato, gusto, etc.) porque los valores sensibles son más relativos que los espirituales. Es decir, aunque a todos nos gusta comer, no a todos gusta el sabor de la manzana o el de la carne

En equipo, elaboren una tabla donde describan los criterios jerárquicos de Sheler e incluyan dos ejemplos por criterio.

Scheler niega que los valores puedan captarse por la razón, aunque acepta que sí tienen un carácter objetivo que se percibe mediante la intuición emocional. Nota que su propuesta es muy rígida, además excluye inmediatamente la posi- bilidad de llevar una vida moralmente correcta sin religión.

Tal vez muchas personas estarán de acuerdo con esto, sin embargo, en una sociedad democrática como la que pretendemos construir y mantener en México (y otras partes del mundo), no es concebible que las personas no religiosas tengan, de entrada, una calidad moral inferior a las personas religiosas.

Podrás imaginarte de dificultad que presenta proponer una escala de valores inamovible, válida para toda persona en todo momento y en toda cultura.

Al respecto, ya habíamos comentado la propuesta de mediar los deseos, metas e idas de los individuos con los ideales de una sociedad. Puesto de otro modo, mientras no se llegue a una jerarquía que acepten todas las sociedades, debemos buscar un equilibrio entre individuo y sociedad. Por ese motivo es deseable que dentro de una sociedad democrática, los individuos ejerzan su autonomía y, en consecuencia, estructuren su propia escala de valores; siempre pensando, desde luego, en que sus derechos llegan hasta donde inician los derechos de los demás. Asimismo, es difícil imaginarse un valor sin las personas que lo asuman. Al fin y al cabo somos los seres humanos quienes practicamos los valores.

Las virtudes

El estudio de la Ética aborda diferentes temas como son los juicios morales, el problema ético, la decisión, así como la congruencia entre pensamiento y acción. Todos estos temas explican diferentes aspectos sobre el actuar humano, la libertad y la responsabilidad.

Al ser libres para actuar y decidir, los seres humanos diseñan su propia personalidad. En gran medida, tus acciones y decisiones te definen. Así como tus palabras revelan mucho sobre ti mismo, tus actos y decisiones hablan a los demás sobre quién eres.

Una buena acción dice mucho acerca de la persona que la realiza. Un error de juicio o un acto de dudosa moralidad que contradice los valores, principios y normas re- vela a los demás aspectos importantes sobre la personalidad del sujeto que lo realiza. Así, es más probable que una persona buena realice buenos actos, reflexione sobre los mismos, y asuma sus consecuencias responsablemente; alguien que se considere bueno y no asuma las consecuencias de sus actos, ni realice buenas acciones, difícilmente podrá convencer a los demás de su bondad.

Un acto que se repite a lo largo del tiempo se convierte en un hábito.

Los antiguos griegos pensaban que la madre de todas las virtudes, la más importante guía de todas ellas, era la prudencia.. Por prudencia se entiende la habilidad de autogobernarse de acuerdo con la razón. Una forma de la prudencia es la cautela, la precaución. En realidad, la virtud de la prudencia consiste en el hábito de distinguir el bien del mal y actuar en consecuencia.

La virtud, según la filosofía griega, está ligada de manera estrecha con la felicidad. Una vida virtuosa es una vida feliz, pues la felicidad es la consecuencia natural del hábito de hacer las cosas bien.

Una persona puede tener una alta estima por las virtudes, es decir, considerar que hacer las cosas bien es muy importante. Así, la virtud es un valor. ¿Qué tan importante es para ti hacer las cosas de la mejor manera posible? Un valor más que debes considerar en tu lista es el de la felicidad misma: ¿qué tanta importancia tiene para ti ser feliz?

Libertad, igualdad, prudencia y justicia

Para la sociedad actual (a nivel local, nacional y global) existen diferentes valores que ameritan especial atención. Hablamos de libertad, igualdad, prudencia y justicia. Además de ser valores, también son virtudes, pues requieren de la práctica repetitiva de acciones particulares. En otras palabras, la libertad, igualdad, prudencia y justicia no son acciones particulares, sino hábitos a los que las personas se acostumbran a base de la repetición de buenas acciones. Las virtudes mencionadas evidentemente están relacionadas con la excelencia moral de las personas y con la felicidad a nivel personal y colectivo: un pueblo que contribuye a que sus pobladores ejerciten estas cuatro virtudes, promueve en consecuencia la felicidad de la gente.

La prudencia te ayuda a reflexionar sobre los efectos que pueden producir tus palabras y acciones. Ser prudente significa tener cautela y cuidado. Sin embargo, este significado de prudencia es tan solo el comienzo de esta virtud. La prudencia tiene que ver con el hábito de procurar la excelencia moral, con la disposición de realizar actos buenos y de procurar siempre lo mejor. De tal forma que la prudencia puede ser el comienzo en el camino hacia las demás virtudes. El ejercicio de la prudencia conduce a la búsqueda de la igualdad y la justicia. Ser prudente no sólo significa preferir hacer el bien, sino procurar hacer lo mejor.

La prudencia es el reconocimiento de la dignidad humana, de la condición de hombres y mujeres que une a todos sin importar la edad, el género, la nacionalidad o las creencias. El reconocimiento de la igualdad humana consiste en hacer a un lado diferencias culturales y contextuales para privilegiar su condición de seres humanos con virtudes y defectos. Después de todo, independientemente de sus circunstancias, todas las personas están en igualdad de condiciones con respecto al bien y al mal de sus acciones. Lo anterior implica que cualquiera puede cometer errores y hacer el mal; lo importante es asumir las consecuencias de los actos y corregir el rumbo hacia el desarrollo de las virtudes.

Admitir la condición que une a todos como seres humanos conlleva al reconocimiento de la igualdad que a su vez reclama la virtud de la justicia. Una persona que no reconozca la igualdad no practicará la virtud de la justicia.

La justicia se entiende de dos formas: como justicia distributiva y justicia correctiva. La justicia distributiva se explica con la máxima “dar a cada quien lo que corresponde.” Esto significa que la justicia distributiva está relacionada, sobretodo, con los bienes que son proporcionados a los seres humanos con base en sus méritos. Algunos ejemplos son la asignación de sueldos y salarios de acuerdo con el trabajo de cada individuo, las calificaciones según el esfuerzo de los estudiantes, así como los beneficios otorgados a las personas a partir del esfuerzo que han realizado por obtenerlos. Otra forma de entender la justicia distributiva es la asignación de bienes de acuerdo a las necesidades de los demás. La primera interpretación se basa en el mérito y el esfuerzo como criterio de distribución. La segunda pone mayor importancia en las necesidades de los individuos. Así, recibe mayores bienes quien más necesidades tiene. Ambas interpretaciones conllevan riesgos si son llevadas al extremo. Lo ideal, como aconsejan los filósofos, es la prudencia: procurar un justo medio entre las necesidades y los méritos. Como se nota, el ejercicio de la justicia no es sencillo.

Otra clase de justicia es la correctiva, que consiste en el restablecimiento del orden; sólo el Estado tiene facultad de ejercerla. En términos generales, la finalidad de la justicia correctiva es revertir una injusticia cometida por algún ciudadano y en el restablecimiento del orden por medio de penas, multas o servicios.

También se proponen otras formas de interpretar la justicia: una de ellas es la justicia que parte de la igualdad de las personas. Esta forma consiste en reconocer la igualdad de la condición humana y garantizar que todos, sin distinción, tengan acceso a los más importantes valores de la sociedad (vida, salud, seguridad, paz, cultura) y que su acceso sea protegido por la ley y por las demás personas.

Por último, vale la pena reflexionar un poco sobre la libertad, que es quizá la primera y más importante condición para el desarrollo de las virtudes, la creación de una escala de valores propia y la procuración de la excelencia moral.

La libertad es la condición más importante del desarrollo de las virtudes como la prudencia y la justicia porque sin ella no existe en realidad el acto moral. Un requisito para hacer el bien es hacerlo de forma libre y consciente, es decir, con pleno uso de las facultades de la inteligencia y la voluntad.

La inteligencia es necesaria para discernir entre lo bueno y lo malo y comparar dos bienes igualmente deseables. Sin embargo, para elegir el mejor entre dos bienes y orientar la acción haca su consecución, es necesario el ejercicio de la voluntad. En otras palabras, no es suficiente saber fumar es malo para la salud, también hay que llevarlo a cabo y no fumar.

El que es obligado de alguna manera a hacer el bien (por las leyes, por sus padres, por la sociedad), en realidad no está alcanzando el desarrollo de la virtud, pues no desea ese bien. Una persona no puede ser completamente responsable de las con- secuencias de sus acciones si fue obligado a efectuarlas.

Por supuesto que el ser humano, en última instancia, es siempre libre para continuar el curso de su acción, pero si existe alguna clase de coerción en la realización de un acto, la responsabilidad se ve disminuida.

Fuente: Secretaría de Educación Pública. (2015). Ética y valores I. Ciudad de México.